Archivo de la categoría: Estados Unidos

¿Quién mató a Sunny Von Bülow?

El misterio Von Bülow (Reversal of Fortune, 1990) de Barbet Schroeder es una historia real basada en el libro del reconocido profesor Alan Dershowitz (1), Reversal of Fortune (2), que escribió a propósito del famoso caso en el que defendiera a Clauss Von Bülow un millonario aristócrata de origen danés acusado de intentar asesinar a su esposa – Sunny Von Bülow – en dos ocasiones. El profesor Dershowitz tiene un breve cameo en la cinta como magistrado de la Corte Suprema de Rhode Island.

Barbet Schroeder nacido en Irán, criado en Sudamérica y nacionalizado francés nos ofrece una película inteligente, que parte de un guión capaz de darle vuelta a una de las variantes clásicas del cine jurídico para mostrarnos no el juicio, sino la ardua y gris preparación colectiva de la defensa y, ante todo, el enfrentamiento de dos inteligencias situadas en los antípodas: el aristócrata frío y calculador frente al profesor universitario brioso y temperamental.(3) Martha Crawford Von Bülow (Glenn Close) conocida por sus amigos como Sunny, era heredera de una gran fortuna y multidrogodependiente, tomaba regularmente laxantes y aspirinas como caramelos, fumaba tres paquetes diarios y era alcohólica, adicta al Valium y al Seconal, consumía grandes cantidades de dulce lo que le había producido hipoglucemia, sufrió dos comas en su espléndida mansión de Clarandom Court en Newport a orillas del Atlántico. El primer coma ocurrió el 27 de diciembre de 1979, del cual se sobrepuso rápidamente. El segundo le sobrevino casi un año más tarde, el 21 de diciembre de 1980, y la durmió para siempre.(4)

Clauss Von Bülow (Jeremy Irons) fue acusado por los hijos de Sunny, Alex (Jad Maguel) y Ala (Sarah Fearon) de intentar asesinarle con inyecciones de insulina, de tal forma que su muerte pareciera provocada por la diabetes.

A resultas del primer proceso que se siguió en su contra, Clauss Von Bülow fue sentenciado a treinta años de prisión por doble intento de asesinato. Para la apelación Clauss contrató – siguiendo los consejos de su amante- los servicios del prestigioso profesor y criminalista Alan Dershowitz (Ron Silver). El primer dilema que enfrentará Dershowitz es si asume la defensa de un hombre que toda la nación – incluso él- considera culpable. – No soy una persona que se alquila debe haber algo moral o legal. Le dirá Dershowitz a Clauss cuando éste le pide que se encargue de su defensa. La alegada inocencia de Clauss no es suficiente. Más adelante Dershowitz detallará ante su equipo de trabajo – formado básicamente por sus alumnos – las razones que lo motivan a tomar el caso: – Yo tomo los casos no por dinero, sino porque me apasionan y estoy apasionado con este. La familia contrató un investigador privado. Si se salen con la suya los ricos no acudirán más a la policía. Tendrán sus propios abogados consiguiendo evidencias y escogerán cuál entregarán al fiscal, y la próxima víctima, no será un rico como Von Bülow. Sino un pobre de Detroit que no podrá pagar o encontrar un abogado decente.

En la película La carta (The Letter, 1940) de Wyliam Wyler con Bette Davis y Herbert Marshall, se dice que el deber del abogado es defender a su cliente, no considerarlo culpable ni con el pensamiento. Este es uno de los dilemas que enfrentará a Dershowitz con su equipo de trabajo. Para algunos defender el caso apesta, porque consideran que Clauss Von Bülow es culpable y además tuvo todos los mecanismos que le otorga el Derecho para defenderse exitosamente: un abogado y un juicio. Es decir, la gran pregunta es si los abogados sólo deben defender causas justas, tal como reza el escudo del Colegio de Abogados de Lima. Dershowitz dará respuesta a este cuestionamiento. – Si los abogados sólo defendieran inocentes bastarían diez abogados en todo el país y sobrarían ustedes. Además señalará que aún cuando todos piensen que una persona es culpable de un crimen sólo hay una persona en la que éste puede y debe confiar y esa es su abogado. Como dice Sarah (Anabella Sciorra), ex-esposa de Dershowitz en la cinta: – tenemos que demostrar que el Estado falló, no que Clauss es inocente. Uno de sus alumnos, presente en el debate, incluso irá más allá: – Von Bülow probablemente sea culpable pero ese es el desafío. Dershowitz, asentirá entusiasmado: – aquí hay un abogado.

Dejado de lado el dilema moral tenemos el reto intelectual. Para eso está el sistema. Bajo estas condiciones la justicia, más allá de la verdad subyacente, aparece como un cernidor imperfecto en el que dependiendo de las habilidades de los defensores y de su estrategia se podrán colar inocentes y escapar culpables.

Dershowitz arengará a su equipo de trabajo como un general antes de la batalla y delineará la estrategia que les llevará a ganar el caso: hay dos problemas graves: la acusación es muy grave, además el problema no son las pruebas en contra, sino la certeza de la gente de que Clauss es culpable. Encontrar argumentos contrarios no será suficiente los jueces de la Corte Suprema tendrán que explicar porqué cambiaron. Para que lo puedan hacer tendremos que destruir todos los argumentos del fiscal. Desvirtuar el dictamen médico, a los testigos. Victoria completa o moriremos en el agua. Los principales inconvenientes que encuentra la defensa es que las apelaciones deben sustentarse únicamente en un error judicial sin introducir nueva evidencia y, es necesario destruir tanto el caso médico como las declaraciones de los testigos.

Dershowitz superará estos escollos utilizando un precedente de la Corte Suprema de Rhode Island según el cual un caso basado más en una teoría que en hechos sólo permanece si otra teoría no tiene sentido. A partir de ello, y con evidencia sustentada en hechos nuevos Dershowitz destruye la tesis de la fiscalía e introduce la hipótesis de un probable intento de suicidio por parte de Sunny, afectada emocionalmente por las continuas infidelidades de su marido.

En el nuevo juicio, Von Bülow fue declarado inocente de ambos cargos. Sin embargo, la duda se mantendrá respecto de qué pasó realmente en la madrugada del 21 de diciembre de 1980. Después de todo como sentencia Clauss Von Bülow al profesor Dershowitz en un pasaje de la cinta: – cada uno es guardián de su alma.

 


(1) El profesor Alan Dershowitz es un importante abogado y jurista norteamericano. Estudió Derecho en Yale Law School donde se graduó con el primer puesto de su promoción y fue editor de la revista Yale Law Journal. A los 28 años fue el profesor a tiempo completo más joven en toda la historia de Harvard Law School. Entre los trabajos más importantes del profesor Dershowitz podemos destacar: Rights From Wrongs: A Secular Theory of the Origins of Rights, America on Trials: Inside the Legal Battles That Transformed Our Nation, Supreme Injustice: How the High Court Hijacked Election 2000, The Genesis of Justice: Ten Stories of Biblical Injustice that Led to the Ten Commandments and Modern Law, Reasonable Doubts: The Criminal Justice System and the Emerging Constitutional Crisis. Entre sus patrocinados más destacados se encuentran Patricia Hearst, Leona Helmsley, Jimm Bakker, Mike Tyson, O.J. Simpson y Harry Reems.

(2) DERSHOWITZ, Alan M. Reversal of Fortune: Inside the Von Bülow Case. Random House, 1986.

(3) TORREIRO, M. Un juicio bien armado. En: El País. Edición del 22 de marzo de 1991.

(4) El cuerpo de Sunny Crawford Von Bülow permaneció por casi treinta años en la cama de un hospital, atrofiado y replegado en posición fetal, mientras una sonda intravenosa la alimentaba tres veces por día. Cada semana, un pianista tocaba para ella en su dormitorio, un peluquero le cuidaba el cabello y una experta en cosmética le trataba la piel. Sunny murió en el mes de diciembre de 2008.

 

Ficha: El misterio Von Bülow (Reversal of Fortune, 1990), USA, 111 minutos, Warner Bros, Director: Barbet Schroeder, Guión: Nicholas Kazan, Música: Mark Isham, Fotografía: Luciano Tovoli, Reparto: Jeremy Irons, Glenn Close, Ron Silver, Annabella Sciorra, Christine Baranski, Uta Hagen, Fisher Stevens, Jack Gilpin

3 comentarios

Archivado bajo Asesinato, Debido Proceso, Derecho Penal, Destreza legal, Estados Unidos, Jurisprudencia, Proceso Judicial

Radiografía de un jurado

Doce hombres en pugna (Twelve Angry Men, 1957) (1)  de Sidney Lumet (2) es una cinta atípica donde salvo unas pocas escenas todo el rodaje transcurre casi teatralmente en una habitación. La película además de una crítica a la institución del jurado, es un análisis de su importancia y de la responsabilidad social de sus miembros. También, es una reflexión sobre la sociedad democrática en sí misma a partir del microcosmos que constituye ese grupo de doce hombres diferentes y enfrentados (3), tal como nos lo advirtió el borrachín Parnell (Arthur O´Connell) en Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959) de Otto Preminger.(4)

La trama se desarrolla a partir de la deliberación de doce anónimos miembros de un jurado (no sabremos el nombre de once de ellos) en un juicio contra un joven inmigrante puertorriqueño de 18 años acusado de matar a su padre a navajazos. Las evidencias parecen tan contundentes que luego de una muy breve deliberación once de los doce jurados encuentran culpable al supuesto parricida. Una serie de hechos y pruebas le incriminan: nos encontramos ante un jóven violento con un largo historial de enfrentamientos con su progenitor al que continuamente amenazaba con matarle, una testigo que asegura haber visto desde el edificio de enfrente como el muchacho asestaba el golpe mortal en el pecho paterno, la declaración de un vecino que afirma haber visto salir corriendo de la escena del crimen al sospechoso y el arma encontrada en lugar del crimen es idéntica a la que poseía el acusado, que para su desgracia ha extraviado.

Sólo uno de los miembros del jurado, un arquitecto caracterizado por Henry Fonda duda respecto de la culpabilidad del muchacho. Un tecnicismo del sistema, la necesidad de que el veredicto se alcance por unanimidad, obliga a los demás miembros del jurado a escucharle. Es el reflejo de la sabiduría de la minoría.

Estamos ante un estereotipo del cine jurídico norteamericano, un hombre sólo contra el sistema, como Rudy Baylor en Legítima Defensa (John Grisham’s The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola, Jan Schlichtmann en Acción Civil (A Civil Action, 1998) de Steven Zaillian o Francis Galvin en Veredicto Final (The Verdict, 1982) de Sidney Lumet. En este caso nuestro héroe además es anónimo, tendremos que esperar hasta el final de la película para conocer su nombre: Davis. Es el premio a su tenacidad y responsabiliad. La cinta nos dirá cómo el individuo, no importa quien sea o su estatus, es una pieza básica del sistema democrático y su concurso es fundamental para que éste funcione correctamente.

No extrañan en este contexto las palabras que dirige el Juez a los miembros del jurado al finalizar el juicio oral: ahora deberán reflexionar para separar lo real de lo falso. Un hombre ha muerto y la vida de otro está en juego. Sin embargo, no todos los miembros del jurado tomarán debida nota del sentido de estas palabras y permanecerán distraídos a pesar de la responsabilidad que tienen entre manos, algunos se dedicarán a jugar “tres en raya” como si fueran niños, otro intenta apurar el proceso deliberativo pues no quiere perderse un partido de béisbol y un tercero expresa su malestar cerrar su garage para asistir al juicio. Frente a ellos aparece el jurado encarnado por Henry Fonda que asume con responsabilidad el hecho de tener que juzgar a un hombre por un delito que puede llevarlo a la muerte. No siempre los retos son asumidos por los hombres con idéntico grado de compromiso.

MOYSE BROMLEY

Henry Fonda se encarga brillantemente de desarmar una a una todas las pruebas que incriminan al muchacho. Empezara por cuestionar al sistema de defensa de oficio. – Es el tipo de caso que no da ni dinero ni gloria ni la posibilidad de ganar, no es la situación ideal para un abogado que empieza, hay que tener fe en el cliente para tener una buena defensa y él no la tenía. Dirá Fonda respecto de la labor poco convincente del abogado defensor. Cuando todos los miembros del jurado están convencidos de la singularidad del arma con la que se cometió el asesinato, Fonda demuestra su vulgaridad al blandir un arma idéntica que ha comprado en una tienda de barrio. Relativiza las amenazas que sostienen la acusación, cuando otro jurado (Lee J. Cobb) le amenaza de muerte luego de una acalorada discusión. Cuestiona la idoneidad de los testigos del fiscal. Fue imposible que el vecino del piso de abajo (anciano y tullido) pudiera ver el rostro del homicida. La testigo que vio al muchacho asesinar a su padre desde la acera de enfrente usa lentes y por tanto era imposible que en medio de la noche y a través de un tren metropolitano en movimiento, identificara al asesino.

La cinta nos presenta dos bandos formados de una parte por aquellos a los que ha convencido Fonda de la duda razonable y en el otro quienes sostienen la culpabilidad del acusado. La línea parece casi inexpugnable a pesar de que las evidencias se van desmoronando rápidamente. Al final, Fonda ya no apela a la razón. El irreducible grupo se encuentra atado a sus propios prejuicios y frustraciones. – Ya saben como miente esa gentuza; es algo innato ¡Pero bien! ¿Es que tengo que recordárselo? Ésta es la única verdad. Aún hay más: ni siquiera necesitan una razón de peso para matar a alguien. Son borrachos. Todos ellos beben como unos cosacos (…) Son así por naturaleza (…) No tienen remedio, ni uno sólo merece la pena. Dirá el jurado caracterizado por Ed Begley.

Uno a uno, Fonda logrará convencer a los indecisos hasta obtener una votación absolutoria a favor del acusado. Al final, el sedimento de la cinta es profundamente cuestionador del sistema legal en varios sentidos. Qué habría pasado si en lugar de Fonda al infeliz acusado le hubiera tocado otro jurado -uno sólo- con un menor grado de responsabilidad y voluntad. Por otro lado, la responsabilidad con la que actuó Fonda a lo largo de la deliberación tampoco lo exime de la posibilidad de cometer un error. Alguien le recordará al final de la cinta: – Supongamos que nos convence de que es inocente y resulta que si mató a su padre


(1) Existe un remake de esta cinta para la televisión en 1997 de William Friedkin. El jurado de esta versión estuvo formado por George C. Scott, James Gandolfini, Tony Danza, William Petersen, Ossie Davis, Hume Cronyn, Courtney B. Vance, Armin Mueller-Stahl, Mykelti Williamson, Dorian Harewood y Jack Lemmon. A diferencia de la versión original,  el juez es una mujer y cuatro de los miembros del jurado son negros.

(2) Esta sería la primera película dirigida por Sidney Lumet y probablemente sea la mejor. El cine legal es casi un tópico en la obra de Lumet entre las cintas del género dirigidas por Lumet podemos destacar: El Veredicto (The Verdict, 1982), El abogado del diablo (Guilty as Syn, 1993), La noche cae sobre Manhattan (Night Falls on Manhattan, 1997) y Declaradme culpable (Find Me Guilty, 2006)

(3) En este microcosmos abunda la clase obrera y escasea la burgesa acomodada. El jurado está compuesto por un asistente de entrenador del equipo de fútbol americano en un colegio secundario, un jefe de mensajería, un agente de bolsa, un mecánico, un pintor (de brocha gorda), un vendedor, un arquitecto, un jubilado, un propietario de un garaje, un relojero y un publicista. Vid. Twelve Angry Men: Primary Sources. Un jurado reflejo de la época donde los inmigrantes miembros del jurado son centroeuropeos, no aparece ninguna mujer y tampoco algún latino o negro.

(4) SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid. La Ley. 1994. Pág. 61.

 

Ficha: Doce hombres en pugna (12 Angry Men, 1957), USA, 95 minutos, Metro-Goldwyn-Mayer, Director: Sidney Lumet, Guión: Reginald Rose, Música: Kenyon Hopkins, Fotografía (Boris Kaufman), Reparto: Henry Fonda, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Warden, Ed Begley, Martin Balsam, John Fiedler,Robert Webber.

7 comentarios

Archivado bajo Asesinato, Derecho Penal, Estados Unidos, Jurisprudencia, Pena de muerte, Proceso Judicial, Sistema de jurado

Una ópera prima, Anatomía de un asesinato

Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959) de Otto Preminger, es una excelente película de cine legal basada en la novela homónima de Robert Traver(1). La película fue nominada a siete estatuillas de la Academia pero no ganó ninguna porque tuvo la mala suerte de coincidir con Ben Hur (Ibid, 1959) de William Wyler que arrasó con los premios. Como se ha señalado “esta película es una especie de tormenta cuadriculada, una tortuosa e incluso tumultuosa historia narrada, a media voz y a través de unas formas y tiempos sometidos a la apasionante racionalidad de un narrador empeñado en dar orden al caos”.(2) El director austriaco, abogado e hijo de un magistrado, filmó Anatomía de un asesinato entre las cintas Porgy y Bess (Porgy and Bess, 1959) y Éxodo (Exodus, 1960) es decir, en la cumbre de su etapa analítica. Preminger bombardea incansablemente al espectador con todos los datos que el guión le permite para que sea éste quien elabore sus propias conclusiones teniendo a mano solo una colección de indicios y medias verdades.(3)

Una serie de elementos de la cinta nos remiten al cine negro clásico, desde la elección del color –filmada en blanco y negro-, la banda sonora, la presencia de una mujer fatal, un protagonista con una fuerte personalidad y un ambiente enrarecido que ronda pesadamente durante casi toda la película.(4) Mención aparte merece la excelente banda sonora, a cargo del genial Duke Ellington, que tiene una breve aparición en la cinta como un músico apodado como Pie eye. Sin duda, nos encontramos ante uno de los estandartes mayores del género, calificada incluso como la más pura película de juicios que jamás se ha realizado(5), o también, como uno de los mejores ejemplos del funcionamiento de los procedimientos ordinarios de los tribunales.(6)

Anatomía de un asesinato, como corresponde tratándose de un clásico del género, se desarrolla a partir de un crimen que nunca se nos expone. Paul Biegler (un magnífico James Stewart) es un abogado provinciano en horas bajas que se había desempeñado como fiscal del condado de Iron City en Michigan. Dedica la mayor parte de su tiempo a pescar, a escuchar jazz y a leer viejos libros de Derecho. Eventualmente, cuando no se encuentra perdido en el bosque pescando, patrocina algunos casos de divorcio para poder solventar los menudos gastos de su austera vida. – Resuelvo algunos casos abstractos, como divorciar a Jane Fulano de John Fulano de vez en cuando. Amenazo a algunos abusivos y por la noche me relajo bebo whisky y leo sobre leyes, nos confiesa en una parte de la cinta. En este trance, patrocina el caso de un teniente del ejército, excombatiente de la Guerra de Corea, Frederick Manion (Ben Gazzara), acusado de haber dado muerte a tiros al presunto violador de su disoluta y atractiva esposa, Laura (Lee Remick). Bigler contará con la ayuda de su viejo amigo, el borrachín Parnell McCarthy (Arthur O´Connell) y de su secretaria Maida Rutledge (Eve Arden).

El carácter y no la posible culpabilidad de su eventual patrocinado llevan a Bigler a dudar respecto de aceptar la defensa. Parnell le llamará la atención aleccionándole, – no tienes que amarlo, sólo defenderlo. Superada esta incertidumbre inicial, la cinta se convierte en una clase práctica de destreza legal. Durante casi dos horas se nos expone el proceso que se sigue contra el teniente Manion con suma rigurosidad, en particular nos detalla de forma exquisita las posiciones de la defensa y de la fiscalía, al tiempo que explicita con puntualidad las estrategias no sólo dialécticas del juego procesal.

Este es una contienda de caballeros. Las partes enfrentadas buscan la verdad sin sobrepasar los límites éticos que las reglas del proceso les imponen, lejos de las prácticas de los letrados que encontramos en cintas posteriores, basta para ello citar los casos de Martin Vail (Richard Gere) en La raíz del miedo (Primal Fear, 1996) de Gregory Hoblit, Ed Concannon (James Mason) en Veredicto final (The Verdict, 1982) de de Sydney Lumet o Leo F. Drummond (Jon Voight) en Legítima Defensa (The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola. Las reglas son una barrera infranqueable, se pueden bordear pero nunca saltar. Este respeto por la regla obliga a las partes a hilar fino en el desarrollo de sus estrategias, paradójicamente, aún cuando se trate de un proceso judicial y el apego a la regla no es siempre excepcional, algo que el espectador agradece, pues gracias a ello puede aferrarse a una trama sin sobresaltos tramposos y quiebres innecesarios. Debido a todos estos aspectos tenemos una cinta con una gran dosis de verosimilitud sin que se pierda interés en el desenlace final. Si hablamos de verosimilitud, es necesario detenernos por un momento en el papel del bondadoso y recto juez Weaver, encarnado por Joseph M. Welch, quien en la vida real fue un conocido magistrado liberal perseguido por el macartismo y que ganó fama representando a la Armada de los Estados Unidos cuando esta institución empezó a ser investigada por el senador de Wisconsin a inicios de los 50.(7)

El hecho de que las partes se atengan a la regla, no significa que los letrados no desarrollen una batería de comentarios irónicos y sarcásticos para desacreditar a su oponente. Este intercambio de ideas se convertirá casi en pelea callejera cuando la fiscalía y la defensa se enfrentan casi a escupitajos en medio del Tribunal como si de colegiales se tratara. Es allí donde aparece la figura del Juez, al que el guión le reserva no sólo el papel de valedor del juicio, sino también algunas de las frases más inteligentes y finamente irónicas de la cinta. El guión recoge algunas lecciones prácticas respecto de la labor de los letrados en un proceso, como por ejemplo no hacer al testigo una pregunta cuya respuesta no se conoce. Lección que no tenía bien aprendida el fiscal Claude Dancer (George C. Scott) al presionar a la señorita Pilant (Kathryn Grant) para que ésta señale cuál era su relación con la víctima. Instrucción que no es fácil de internalizar, recordemos que Jan Schlichtmann (John Travolta) en Acción Civil (A Civil Action, 1998) de Steven Zaillian y Francis Galvin (Francis Galvin) en Veredicto Final cometerán el mismo error. Otra lección es cuando las partes obligan al jurado a oír algunos argumentos que carecen de la suficiente consistencia o se sustentan medidamente en pruebas inadmisibles, como hará habitualmente el fiscal en Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957) de Billy Wilder. Aún cuando el Juez invoque al Jurado para que no tome en cuenta tales comentarios y evidencias, es claro que el daño para el oponente ya está hecho. – ¿Cómo puede el jurado no tener en cuenta lo que ha oído? Le pregunta el teniente Manion a Biegler. – No puede, le responderá.

El principal inconveniente para la cusa que Biegler defiende es que aparentemente carece de la percha legal de la cual colgar los argumentos de su defensa. De esta forma lo expondrá Biegler: – Un asesinato se defiende de cuatro formas. Número uno, no fue asesinato, fue suicidio o accidente. Número dos, usted no le asesinó. Número tres, estaba justificado, lo hizo para proteger su hogar o fue en defensa propia. Número cuatro, matarlo puede excusarle. Sin embargo, Biegler conducirá a su defendido por el camino más conveniente, cuando le escucha decir que debió estar loco cuando cometió el crimen. – Recuerde que tan loco se volvió. Le animará Biegler. Es la percha legal que andaba buscando y se aferrará a ella aunque se trate de un clavo ardiendo. Durante el proceso, el psiquiatra del ejército, que sometió a una revisión al acusado, declara que el teniente Manion sufrió una reacción disociativa, un impulso irresistible o irrefrenable, que a modo de demencia temporal o enajenación mental transitoria le llevó a la comisión del asesinato. Es decir, que actuó como un cartero, que tiene que enviar una comunicación y lo hace. Esta reacción es independiente de que el acusado pudiera tener presente, incluso en el propio momento del crimen, de su reprobable actuación.

Preminger en aras de la relatividad que ha defendido durante toda la cinta, elimina dos instantes cruciales en todo drama legal, los informes orales de la defensa y de la fiscalía y la sentencia. Solo nos deja con una reflexión de Parnell respecto de la complejidad de la labor del jurado y de su grado de falibilidad. – Doce personas en una habitación. Con diferentes mentalidades, diferentes corazones y doce procedencias diferentes. Doce pares de ojos y oídos, doce personas distintas. Y a estas doce personas se les pide que juzguen a otro ser humano, tan diferente a ellas como ellas lo son entre sí. Y al emitir su criterio deben volverse una sola mente, unánime. Uno de los milagros de nuestra desorganizada humanidad es que lo consigan, y que la mayoría de las veces lo hagan bien. ¡Dios Bendiga a los jurados! Biegler gana el caso, pero cuando va a cobrar por su trabajo, se da con la sorpresa que el teniente Manion ha escapado de la ciudad, no sin antes dejar una nota que viene a sembrar aún más dudas respecto de su inocencia: – Querido señor Biegler, siento mucho haberme ido repentínamente. Fui presa de un impulso irresistible


(1) Robert Traver (1903-1991) era el seudónimo del juez de la Corte Suprema del Estado de Michigan, John D. Voelker. En 1959, el éxito de su novela Anatomía de un asesinato, hizo que abandonara la magistratura y se dedicara a la escritura y a la pesca. Además de varias novelas intrascendentes sobre temas legales también publicó tres libros sobre pesca que se han convertido en clásicos para los seguidores de la actividad.

(2) FERNÁNDEZ-SANTOS, Ángel. Una obra maestra de Preminger. En: El País. Edición del 20 de enero de 1982.

(3) SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid. La Ley. 1994. Pp. 39-40.

(4) CAVESTANY, Juan. El género negro reaparece 50 años después. En: El País. Edición del 16 de marzo de 1998; CABRERA INFANTE, Guillermo. Cine o sardina. Suma de Letras. Madrid: 2001. Pp. 472-479 y SANTAMARINA, Antonio. Cine negro. Tres décadas, dos juicios y un sueño. En: Nosferatu, Revista de Cine. No 32. 1989. San Sebastián. Pp. 4-9.

(6) TORREIRO, Casimiro. Anatomía de un asesinato. En un mundo que agoniza. En: Nosferatu, Revista de Cine. No 32. 1989. San Sebastián. Pág. 35.

(7) ASIMOV, Michael. Op. Cit. y TORREIRO, Casimiro. Op. Cit. Pág. 36.

 

Ficha: Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959), USA, 160 minutos, Columbia Pictures, Director: Otto Preminger, Guión: Wendell Mayes (guionista) y Robert Traver (novelista), Música: Duke Ellington, Fotografía: Sam Leavitt, Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, Arthur O’Connell, George C. Scott, Eve Arden, Kathryn Grant, Joseph N. Welch.

2 comentarios

Archivado bajo Asesinato, Derecho Penal, Estados Unidos, Proceso Judicial, Sistema de jurado

El mono al banquillo

Heredarás el viento (Inherit the Wind, 1960)(1) de Stanley Kramer es un drama legal basado en el famoso caso conocido en los Estados Unidos como “El Juicio del mono” (The Monkey Trial) que enfrentó a creacionistas contra evolucionistas (básicamente baptistas y presbiterianos) en 1925, de allí que el título de la película extraído de un versículo del libro de los Proverbios no sea una casualidad.(2) Poco antes de que la Gran Depresión hundiera la economía norteamericana, estos dos bandos estaban lo suficientemente polarizados como para propiciar un gran choque público que significara el triunfo ideológico de su causa.(2) La cinta nos sitúa en el imaginario pueblo de Hillsboro en algún lugar del sur de los Estados Unidos. En este pueblo, Bertram T. Cates (Dick York) profesor de biología de secundaria es arrestado en medio de su clase por violar una ley que prohíbe la enseñanza de la teoría evolucionista de Darwin. A partir de este hecho, la trama se desarrollará en varios planos duales teniendo como eje central la confrontación entre aquellos que pretenden introducir una enseñanza moderna frente a quienes defienden los valores tradicionales de la sociedad. El gran cuestionamiento que aquí aparece es el del valor de la ley y su obediencia por parte de los ciudadanos. Cates se rebela contra una norma que considera injusta: sólo intento enseñar a mis alumnos que el hombre no fue plantado aquí como un geranio en una maceta, sino que proviene de un largo milagro, no tomó sólo siete días. Sin embargo, no sólo quienes imponen legislativamente sus creencias estarán en el bando de quienes consideran que la ley debe cumplirse: Pero eso va contra la ley. Un maestro es un servidor público debería hacer lo que la ley y la Dirección Escolar le ordena. Nos recordará en una oportunidad Rachel Brown (Claude Akins), la novia de Cates.

Regresando al plano real debemos situarnos en marzo de 1925, cuando el Congreso del Estado de Tennessee – con la aprobación de la Butler Act– declaró ilegal la enseñanza en las escuelas públicas de cualquier teoría que negara la creación divina del hombre señalada en la Biblia y en su lugar propusiera que el hombre descendía de animales inferiores. En este contexto, la American Civil Liberties Union (ACLU) anunció que estaba dispuesta a dar asesoría legal a cualquier profesor del Estado que violara la norma. Un grupo de ciudadanos del pequeño pueblo de Dayton aceptó el reto, más que por la defensa de la libertad de enseñanza, por el dinero y publicidad que el juicio traería al pueblo. Para ello reclutaron al joven profesor John Scopes, quien fue arrestado durante su clase por violar la Butler Act.

Durante el juicio, la acusación estuvo encabezada por William Jennings Bryan, tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Democrático (fue oponente de William McKinley y Howard Taft) y Secretario de Estado durante la administración del presidente Wilson. Por su parte la defensa estuvo en manos de Clarence Darrow, uno de los abogados más importantes del país. El juicio se desarrolló en el verano de 1925, en medio de un ambiente festivo y popular, con carteles decorando las calles, quioscos de venta de limonada, chimpancés anunciando que habían venido a declarar para la fiscalía y activistas del movimiento creacionista vendiendo libros en favor de su causa. Todo ello en medio de un gran despliegue mediático. Más de 200 periodistas cubrieron el juicio y éste fue transmitido en directo por una radio de Chicago.(4) Sin duda pasta había para tanta parafernalia.

Los escritores Jerome Lawrence y Robert E. Lee escribieron originalmente un drama teatral como una denuncia a la amenaza de la libertad intelectual afectada por la cacería de brujas que desató el senador Joseph McCarthy en la década de los 50.(5) Es por ello que la película no es una recreación fiel del juicio pues no sólo se renombraron localidades y participantes sino que incluso se introdujeron nuevos personajes, todo ello con la intención de restarle valor histórico y resaltar su carácter de denuncia. Para ello la cinta remarca varias dualidades: liberales contra tradicionalistas, evolucionistas racionales frente a fundamentalistas supersticiosos, el norte culto e industrial contra el sur agrario e ignorante y jóvenes progresistas contra hombres mayores ideológicamente inmóviles.

En este contexto el incumplimiento de la ley no sólo debe verse como un enfrentamiento entre los sectores progresistas y tradicionalistas de la sociedad sino también como un ataque de las ciudades del norte a un modo y de una forma de vida. Es allí donde el sur declara nuevamente su excepcionalismo y la defensa de su derecho a vivir como les plazca. Vieja polarización que en su máximo grado generó el conflicto interno más devastador que sufriera los Estados Unidos. Dadas las características de la película, con una trama compleja y unos diálogos densos era necesario que los papeles de William Jennings Bryan y Clarence Darrow fueran cuidadosamente elegidos. Para ello Stanley Kramer echó mano de dos grandes actores varias veces ganadores de los premios de la Academia. En la cinta, la fiscalía cuenta con el auxilio de Mattew Harrison Brady (Fredric March), un hombre con una enorme popularidad producto de sus tres candidaturas a la presidencia de los Estados Unidos y de la cruzada que había emprendido contra las teorías de Darwin. Brady, llega al pueblo en olor de multitud, sus seguidores lo ven como el Mesías reencarnado y esperan que no sólo castigue al violador de la ley, sino que con su aporte regresen las cosas a su estado original. No vine sólo a enjuiciar a un trasgresor, a un joven que se ha levantado contra la ley divina. He venido porque lo que ha sucedido en un aula de su pueblo ha desencadenado un perverso ataque desde las ciudades del norte. Nosotros no buscamos este enfrentamiento. Somos gente sencilla que sólo aspira vivir en paz y hermandad cuidando a nuestros seres amados y enseñando a nuestros hijos el camino de la probidad y de la fe. Declarará Brady a sus seguidores en un improvisado mitin al llegar a Hillsboro.

La defensa estará a cargo del abogado Henry Drummond (Spancer Tracy), auxiliado por el periodista del Baltimore Herlad, E.K. Hornbeck (Gene Kelly). Para Drummond mantener este estado excepcional que Brady reclama tiene el perjuicio del fanatismo y la ignorancia. –En tanto el requisito para este radiante paraíso sea la ignorancia, el fanatismo y el odio yo digo: ¡al diablo con eso!. Pero salir de la barbarie tiene un costo, costo que la sociedad debe asumir para no seguir en el oscurantismo. –El progreso nunca fue gratuito, debemos pagar por él. A veces pienso que hay un hombre detrás de un mostrador diciendo: muy bien, tendrás un teléfono, pero perderás la privacidad y el encanto de la distancia. (…) Señor usted puede conquistar el aire, pero los pájaros perderán su encanto y las nubes olerán a gasolina. Darwin nos llevó a una cumbre desde donde podremos mirar hacia atrás y ver de donde vinimos. Pero para acceder a ese conocimiento debemos abandonar nuestra fe en la bonita poesía del Génesis. Por ello Drummond estima que no debe ser castigado quien incumple una ley viciosa. –No se puede aplicar imparcialmente una ley perversa. (…) una ley perversa, cual la peste, destruye todo lo que toca tanto a partidarios como a detractores. Dirá Drummond en un pasaje del juicio. Los efectos de una ley de esta naturaleza son evidentes: –Si se criminaliza una ley como la de la evolución y su enseñanza pública, mañana podría ser un crimen enseñarla en escuelas privadas y luego sería un crimen hasta su mera lectura. Luego podrían prohibirse libros y periódicos.

La estrategia de la defensa se centra en la constitucionalidad de la ley, la de la fiscalía en exigir su cumplimiento. Durante el juicio, Brady logra que el juez rechace los testimonios de los científicos que la defensa pretendía presentar para apoyar las teorías de Darwin y de esta forma desacreditar la norma. Sin este valioso argumento, Drummont echa mano de un recurso desesperado pero brillante en su audacia, llama a declarar en favor de la defensa al propio Brady, considerándolo como un experto en el estudio de la Biblia. Durante el interrogatorio, Drummont acorrala literalmente a Brady, hasta el punto de obligarle a reconocer que no todos los pasajes de la Biblia pueden interpretarse literalmente. En especial, que los días del Génesis debía entenderse cómo períodos. Con esta afirmación era válido sostener entonces que las teorías de Darwin podían convivir con las Sagradas Escrituras.(6) A pesar de este episodio, el jurado encuentra culpable a Cates. Sin embargo, el Juez Mel Coffey (Henry Morgan) impone al acusado sólo una sanción testimonial obligandole al pago de cien dólares.(7) 


(1) Este juicio ha tenido tres adaptaciones para televisión. La primera de ellas en 1965 de George Schaefer con las actuaciones de Melvyn Douglas y Ed Begley; la segunda en 1988 de David Greene, con Jason Robards y Kirk Douglas; y, finalmente, en 1999 de Daniel Petrie, con Jack Lemmon y George C. Scott.

(2) Proverbios 11,29: El que turba su casa heredará en viento; Y el necio será siervo del sabio de corazón. 

(3) WILLIAMS, Peter W. America´s religions: from their origins to the twenty-first century. Segunda Edición. Urbana: University of Illinois Press. 2002. Pág. 281. 

(4) ARESON CLARK, Constance. Evolution for John Doe: Pictures, the Public, and the Scopes Trial Debate. En: The Journal of American History. Marzo 2001. Pág. 1275-1277; y, LINDER, Douglas. State v. John Scopes (The “Monkey Trial”). En: Jurist, Legal, News & Research. University of Pittsburg, School of Law. 

(5) Entre los años 1947 y 1954 el senador republicano por el estado de Wisconsin, Joseph R. McCarty aprovechó el ambiente generado por la Guerra de Corea y la Guerra Fría para iniciar una serie de acusaciones contra diversas personalidades sospechosas de ser miembros del Partido Comunista de los Estados Unidos. La persecución que inició el senador McCarty (denominada Macartismo) llevó a los tribunales a miles de personas. La House of Un-American Activities Commiteee (HUAC), encargada de investigar actividades antipatrióticas, también investigó a la industria cinematográfica, lo que desencadenó en una serie de traiciones y denuncias que marcó la carrera de muchos miembros de la industria. Vid. JENKINS, Philip. The new anti-catholicism: the last acceptable prejudice. Nueva York, Oxford University Press. 2003. Pág. 40; KELLOG, William O. American history: the easy way. Nueva York. Barron´s Educational Series. 2003. Pág. 294; y, RAY PAPKE, David. Law, Cinema, and Ideology: Hoollywood Legal Films of the 1950s. En: UCLA Law Review. 48 (6). 2001. Pp. 1486-1489.

(6) La confrontación de dos horas entre Bryan y Darrow fue considerada por la prensa de la época como una victoria aplastante de Darrow. Sobre este hecho un historiador afirmó de “cómo un hombre y su leyenda, Bryan, fueron destruidos por su testimonio de ese día”. Vid. LINDER, Douglas. Op. Cit. 

(7) Darrow y Bryan apelaron el fallo. En 1926 la Corte Suprema del Estado de Tennessee revirtió la sentencia de la corte de Dayton basándose en un tecnicismo, pues el Juez que vio la causa no tenía competencia para fijar sanciones mayores a cincuenta dólares. Aún cuando el caso debió regresar a Dayton, la Corte sobreseyó la causa al considerar que “nada se ganaba prolongando la vida de este bizarro caso”. Vid. LINDER, Douglas. Op. Cit.

 

Ficha: Heredarás el viento (Inherit the Wind, 1960), USA, 128 minutos, Director: Stanley Kramer, Guión: Jerome Lawrence y Robert E. Lee, Reparto: Spencer Tracy, Fredric March, Gene Kelly, Dick York, Donna Anderson, Harry Morgan, Claude Akins, Elliott Reid, Paul Hartman, Philip Coolidge, Jimmy Boyd, Noah Beery Jr.

9 comentarios

Archivado bajo Derecho Penal, Derechos Fundamentales, Estados Unidos, Jurisprudencia, Libertad religiosa, Proceso Judicial, Sistema de jurado

Culpable de mal gusto: el caso Larry Flynt

_

El escándalo Larry Flynt (The People vs. Larry Flynt, 1996) de Milos Forman es como ha señalado con magistral ironía el semanario Entertainment Weekly, la historia de un pionero del periodismo ginecológico.(1) La cinta descubre la tumultuosa biografía del editor porno, Larry Flynt (Woody Harrelson), tumulto que llegó a su apogeo cuando los fiscales del reaganismo desataron una obscena campaña procesal contra un incómodo personaje cínico e iconoclasta, que le llevó de tribunal en tribunal durante años, mientras su negocio se encumbraba y su vida personal entraba en el picado de un inexorable naufragio.(2) Forman no presenta a Flynt como un esteta que hace bellas fotos de mujeres desnudas, lo muestra de un modo honesto como pornógrafo, epítome del mal gusto e incluso de un viejo diablo mezquino, pero apoya su derecho a publicar las revistas.(3) La película tal como la obra del personaje real no estuvo exenta de polémica.(4)

 

 

La historia de Larry Flynt es la de un redneck (provinciano) nacido en Salyersville (Kentuky) que ascendió desde propietario de un bar top less de mala muerte hasta convertirse en líder de la industria del porno. La fundación de la revista porno Hustler, la relación con una de sus cinco mujeres, Althea (Courtney Love) y los constantes pleitos judiciales en el marco de su no menos tumultuosa relación con Alan Isaacman (Edward Norton), su abogado. Estos son los ejes sobre los cuales pivota toda la trama. Forman, nacido en la antigua Checoslovaquia y que vivió los rigores del totalitarismo comunista, declaró que en esta película había un sólo héroe: la Corte Suprema de los Estados Unidos.(5) Puede que sea cierto, pero para elevar a esta instancia judicial tuvo antes que atemperar algunos de los rasgos más exagerados del carácter de Flynt, hasta convertirlo en un personaje creíble y al mismo tiempo que adalid de los derechos civiles en la encarnación del mal gusto. Sin embargo, la exagerada (y degradada) vida de Flynt no se detiene en estos tópicos, Forman omitió sus inicios en el mundo de la sexualidad (con una gallina), sus cuatro matrimonios, cinco hijos (su hija Tonya Flynt Vega acusó a su padre de estupro y hoy es una declarada activista antipornográfica) y algunas de sus excentricidades más notables, como el hecho de que la silla de ruedas que lo sostenía después que fuera baleado es de oro macizo. Demasiadas omisiones para no pensar que esta apuesta realizada por el cine norteamericano constituya una propuesta política. No debemos perder de vista la representación que hace de los sectores más conservadores de la sociedad americana, los cuales son retratados como un conjunto de beatos mojigatos, una representación incluso menos creíble que las sátiras que Flynt retrataba -y aún retrata- en sus revistas.

 

A pesar de todo creemos que la cinta con la defensa del mal gusto amparado en la libertad de expresión como centro, es sumamente jugosa en una nación donde la censura en sus más diversas formas es una realidad diaria. Los casos contra la obscenidad han sido muy comunes en los Estados Unidos, como muestra podemos citar el proceso United States v. One book called Ulysses, donde un grupo denominado Sociedad de Nueva York para la Supresión del Vicio (New York Society for the Supression of Vice) logró que en 1921 el trabajo de James Joyce fuera prohibido hasta que en 1933 el Juez John M. Wolsey declaró que el libro no era obsceno y por lo tanto no era pornográfico. Otro caso no menos famoso es el proceso que encaró en 1990 el director del Centro de Arte Contemporáneo (Contemporary Arts Center) de Cincinnati, Dennis Barrie, por exhibir unas fotografías de sexo explícito del fotógrafo Robert Mapplethorpe.(6)

 

Pornografía es una de las temáticas que se esconde debajo del ropaje de lo obsceno, sin embargo, incluso si consideráramos que lo obsceno debiera ser prohibido, debemos aceptar que nos encontramos ante un concepto difícil de etiquetar. Basta para ello revisar la jurisprudencia agregada de los tribunales americanos para identificar a la obscenidad, hasta el famoso caso Miller vs. California, donde para determinar si algo es obsceno, la Corte Suprema señaló que se debían cumplir tres requisitos: (i) si una persona promedio, usando normas comunitarias contemporáneas encuentra que la obra, en su totalidad, apela al interés lascivo; (ii) si la obra presenta o describe de una manera evidentemente ofensiva, una conducta sexual específica en los términos definidos por la ley; y, (iii) tomada en su conjunto, la obra carece de valor literario, artístico, político o científico. Este test nos revela un hecho incontrastable, la dificultad, de desarrollar una definición de lo obsceno que no sea vaga o subjetiva, pues tal como señaló en su oportunidad el juez John Marshall, la vulgaridad de un hombre es la lírica de otro.(7)

 

El imperio pornográfico de Larry Flynt empieza en 1974 con la publicación de la revista Hustler (la revista de peor gusto más vil, más repugnante y más fabulosa de pornografía que existe), con la finalidad de publicitar su bar en bancarrota. Los parroquianos reciben la publicación con agrado, lo que incentiva a Flynt a hacer que su revista compita con Playboy y Penthouse a las cuales acusa de hipocresía al ocultar sistemáticamente los cuerpos. La estrategia de mostrarlo todo de Husler logra capturar en poco tiempo a la tercera parte del mercado. Desde sus orígenes, Hustler muestra partes del cuerpo tradicionalmente prohibidas incluso para las revistas del género, como el órgano sexual masculino erecto, mujeres embarazadas y sexo interracial.(8 )

 

Los excesos de la revista no generan mayor entusiasmo hasta que consigue publicar unas fotos de Jackeline Onasis (ex esposa del presidente Kennedy) desnuda en una isla griega. El resultado de estas fotos encumbró a la publicación (se vendieron más de dos millones de ejemplares). En 1976 Charles H. Keating Jr. (James Cromwell) líder de un grupo local contra la pornografía denominado Citizens for Decent Literature (Ciudadanos en pro de una literatura decente) logró que se abrieran cargos contra Flynt por obscenidad y por participar en el crimen organizado. Es en este momento donde entra en acción Alan Isaacman, joven abogado de 27 años, egresado de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard e interesado en los derechos civiles, en la cinta defendería a Flynt en éste y en todos sus casos subsiguientes. Durante el proceso, el fiscal Simon Leis (James Carville) sostendrá los criterios morales de la acusación: la revista Husler muestra a hombres y mujeres posando juntos de una manera lasciva y vergonzosa, Hustler presenta a mujeres y mujeres juntas de una manera lasciva y vergonzosa, la revista Husler presenta a Santa Claus posando de una manera lasciva y vergonzosa. La defensa de Isaacman ante el juez del condado de Hamilton, W.M. Morrissey (Larry Flynt) se basó en la denuncia de un juicio selectivo, pues otras revistas con contenido similar no habían sido procesadas por estos cargos. Ante la pregunta del fiscal de si una comunidad debía fijar sus propios criterios morales, Flynt centró el tema defendiendo el derecho de cada individuo para establecer sus propios criterios morales: No, eso es censura disfrazada. Este país es tan mío como lo es de usted. Si no le gusta Husler no la lea. Durante su informe oral Isaacman defenderá los mismos principios: me gusta vivir en un país donde puedo comprar la revista Husler y leerla si quiero, o tirarla a la basura si me parece apropiado. O mejor aún, puedo comprarla. Me gusta tener ese derecho, lo aprecio. (…) Es una magnífica forma de vivir. Pero esa libertad tiene su precio, que es tener que tolerar ciertas cosas que no nos gustan (…) podrán pensar lo que quieran sobre Larry Flynt y la revista Husler pero pregúntense si quieren tomar la decisión por todos. Flynt fue hallado culpable por el jurado y condenado a 25 años de prisión. El Tribunal de Apelación revocó la sentencia y puso a Flynt en libertad.

 

Dos años después Flynt fue acusado de vender pornografía (su propia revista) en el estado de Georgia. Durante el juicio que se desarrolló en el juzgado del condado de Gwinnett, Flynt señaló que el único límite que tiene el individuo es la ley. Desde su perspectiva puede prohibirse la circulación de una publicación sólo si así lo dispone la ley, no si se califica a dicha publicación como obscena: Quizá esté mal, para cierta gente retratar a mujeres como yo lo he hecho. Pero no es ilegal. Quizá no sea prudente beber mucho, pero no es ilegal. Quizá el aborto sea repugnante moralmente, pero en este momento no es ilegal. Si queremos cambiar las leyes es otra discusión. Pero el derecho de decidir por cuenta propia no puede ser restringido. Flynt fue absuelto por el Tribunal. A la salida de la sede judicial Flynt fue baleado por un desconocido, lo que le provocó una parálisis permanente en las extremidades inferiores (9).

 

En 1984, la publicación en Hustler de una parodia de un conocido anuncio de licor (Campari) donde se satirizaba al predicador Jerry Falwell (Richard Paul), envolvió a Flynt en otro caso. La parodia contenía una supuesta entrevista a Falwell donde hablada de su “primera vez”, éste reconocía haber mantenido relaciones sexuales iniciales con su madre en una letrina y que sermoneaba a sus seguidores completamente borracho. Falwell demandó a Flynt por difamación y por infringirle daño moral, pidiendo una indemnización de 40 millones de dólares. En la reconvención Flynt, demandó al pastor por violación de sus derechos de autor en la medida que para recaudar fondos para su causa había fotocopiado y distribuido el anuncio de Hustler entre sus feligreses sin contar con la autorización de la revista. Durante la vista en un Tribunal del Distrito de Roanoke (Virginia), la defensa argumentó que cualquier persona en su sano juicio podía entender que nos encontrábamos ante una parodia, lo cual en nada lesionaba la reputación de Falwell. Flynt fue absuelto del cargo de difamación pero condenado por causar sufrimiento emocional, éste recurrió el fallo ante la Corte Suprema de los Estados Unidos, que estimó el recurso.

 

 

Isaacman se encuentra ahora en un dilema, Flynt es un buen cliente, tiene mucho dinero y está continuamente envuelto en pleitos. Sin embargo, el precio que está pagando por defenderle no es pequeño. Este excéntrico cliente gusta de retar a los tribunales de diferentes formas, ya sea apareciendo ante el juez vestido con uniforme militar, con un polo donde se puede leer “que se joda esta corte” e incluso llega a arrojar naranjas a un juez o a escupir en la Corte. Isaacman, teme con razón que este espectáculo se repita ante la Corte Suprema: los abogados sueñan con un caso como este frente a la Corte Suprema. (…) Pero no voy a ir contigo. Yo te he dado lo mejor de mí desde que la gente se reía de ti. Y cada vez que me presento contigo me jodes con tu número de circo. (…) No lo voy a hacer frente a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Pero la tentación de defender un gran caso ante la Corte Suprema es una manzana a la que pocos abogados pueden sucumbir.

 

Durante la vista en la Corte Suprema Isaacman recuerda una sátira de una publicación del siglo XVIII en donde aparecía George Washington conducido por un burro y donde la leyenda advertía que se estaba conduciendo un burro al capitolio. El conservador Juez Scalia (Rand Hopkins) interviene y recuerda a Isaacman: Yo puedo tolerar eso, George también. Pero eso dista mucho de cometer incesto con su madre ¿No hay una división entre ambos casos? Isaacman develará el centro de su defensa, sin difamación la discusión se centra únicamente en una cuestión estética: No Juez Scalia. Yo diría que no hay división. Usted está hablando de una cuestión de gusto no de derecho. Como dijo usted mismo, creo yo, en Pope vs. Illinois es inútil discutir sobre gusto, y más inútil aún litigar. Esa es la cuestión aquí. El jurado ya determinó que esta es una cuestión de gusto y no legal, al decir que no hay difamación. La Corte Suprema en un fallo unánime revocó la sentencia del tribunal del distrito al entender que no era aceptable el argumento de Falwell en el sentido de que debía responsabilizarse al editor de una publicación por una sátira ultrajante a una figura pública. La Corte destacó el hecho de que a través de la historia de los Estados Unidos la descripción gráfica y la caricatura satírica habían tenido un papel predominante en el debate público y político. Para la Corte si la causa de la ofensa es la opinión de quien la expresa, esa consecuencia es razón para otorgarle protección constitucional. (10)

 

Más allá de la credibilidad de la cinta, lo cierto es que Flynt y su revista Hustler sirvieron como uno de los parachoques para limitar el modelo moral que se intentó imponer durante la administración del presidente Reagan. Sin embargo, aún cuando la causa de Flynt genera muchas adhesiones es un hecho indudable que su figura no merece mayores entusiasmos. Lo mismo se dice en la cinta cuando un reportero le comenta a Flynt luego de salir de prisión: mucha gente apoya a Hustler pero nadie lo quiere apoyar a usted. El propio Flynt apologizará respecto de su batalla personal: ¿Por qué tengo yo que ir a la cárcel para proteger su libertad? Después de todo como el propio personaje nos dirá en un pasaje de la película: Yo sólo soy culpable de tener mal gusto.


(1) MÜLLER, Jürgen. Lo mejor del cine de los 90. Taschen, Madrid. 2003.

(2) FERNÁNDEZ-SANTOS, Ángel. Nadar y guardar la ropa. En: El País. Edición del 6 de marzo de 1997.

(3) MÜLLER, Jürgen. Lo mejor del cine de los 90. Taschen, Madrid. 2002.

(4) Columbia Pictures censuró el póster de la cinta, en la que aparece el actor que interpreta a Larry Flynt en la postura de Cristo crucificado con una bandera de los Estados Unidos a modo de calzón sobre la pelvis de una mujer. En Francia, el cartel fue cuestionado por asociaciones católicas y exigieron judicialmente su retirada por considerarlo ofensivo. Los jueces consideraron que si algo se le podía reprochar al cartel era su mal gusto, pero que no ofendía los sentimientos religiosos de la comunidad denunciante. Vid. CAVESTANY, Juan. El pornógrafo crucificado. En: El País. Edición del 21 de febrero de 1997.

(5) FERNÁDEZ-SANTOS, Elsa. A veces son las mentes más sucias las que aman de forma más limpia. En: El País. Edición del 22 de febrero de 1997.

(6) Este caso ha sido llevado a la pantalla en la telecinta Fotografias obsenas (Dirty Pictures, 2000) de Frank Pierson con las actuaciones de James Woods y Craig T. Nelson.

(7) AMERICAN CIVIL LIBERTIES UNION. Libertad de expresión en artes y entretenimiento

(8 ) KIPNIS, Laura. (Male) Desire and (Female) Disgust: Reading Husler. En: Popular Culture: production and consumption. HARRINGTON, Lee y Denise BIELBY (Eds.) Blackwell Publishing. 2004. Pág. 137.

(9) Flynt fue baleado a la salida del jurado cuando era acompañado por el abogado local Gene Reeves y no con Isaacman, como aparece en la cinta. Poco después, un asesino en serie y supremacista blanco, Joseph Paul Franklin confesó haber perpetrado el atentado por unas fotos de sexo interracial aparecidas en Husler. Franklin nunca fue enjuiciado por este hecho.

(10) GOODALE, James C. La Primera Enmienda y la libertad de prensa

 

Ficha: El escándalo Larry Flynt (The People vs. Larry Flynt, 1996) USA, 130 minutos, Columbia Pictures, Director: Milos Forman, Guión: Scott Alexander & Larry Karaszewski, Música: Thomas Newman, Fotografía: Philippe Rousselot, Reparto: Woody Harrelson, Courtney Love, Edward Norton, Crispin Glover, James Cromwell, James Carville, Brett Harrelson y Donna Hanover.


1 comentario

Archivado bajo Derecho Penal, Derechos Fundamentales, Difamación, Estados Unidos, Jurisprudencia, Libertad de Expresión, Libertad de Prensa, Proceso Judicial

Matar a un ruiseñor

No podemos estar más de acuerdo con Michael Asimov cuando señala que Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962) de Robert Mulligan es una obra de arte que se desarrolla brillantemente a cada nivel (1). La cinta, basada en la gran novela del mismo nombre de Harper Lee (2) no ganó el Oscar a mejor película porque coincidió ese año con Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) de David Lean. Como ha señalado Jürgen Müller si se considera la historia de los Estados Unidos sus mitos, miedos y esperanzas, y se escucha atentamente el relato de la convivencia de generaciones y razas en un país de contradicciones peligrosas y optimismo ilimitado, no se debe pasar por alto a un libro y a una película: Matar a un ruiseñor. La novela y el largometraje se han grabado en la memoria colectiva americana como sólo lo han hecho Tom Sawyer y Huckleberry Finn.(3) La trama se desarrolla en un pequeño y bucólico pueblo del sur de los Estados Unidos en medio de la Gran Depresión. Las imágenes nos llevan hacia una postal del profundo sur, un paisaje cansado y dormido que bien podría extraerse de un texto de Mark Twain o de una novela de William Foulkner. Matar a un ruiseñor, como también lo hicieran sus contemporáneas El sargento negro (Sergeant Rutledge, 1960) de Jonh Ford o Adivina quién viene a cenar esta noche (Guess Who´s Coming to Dinner, 1967) de Stanley Kramer, aborda algunos de los problemas más álgidos que enfrentó la sociedad americana en la década de los sesenta: el funcionamiento de los tribunales, el papel de los negros en la sociedad, las relaciones sexuales interraciales y la discriminación.

Estos dos temas son tratados por Hollywood de forma regular pero desde una discurso dualista casi sin ninguna tonalidad, ejemplo de ello son las cintas Causa justa (Just Cause, 1995) de Arne Glimcher, Mississippi en llamas (Mississippi Burning, 1998 ) de Alan Parker y Ejecución inminente (True Crime, 1998 ) de Clint Eastwood. La historia nos sumerge en los recuerdos de Scout Finch (Mary Badham), de cuando era una niña de seis años, de allí tenemos el dibujo de un mundo sencillo, cándido y reconocible, pero al mismo tiempo, bañado por esa sensación de irrealidad propias de las cosas embellecidas por la memoria (4). Nos encontramos en el caluroso y polvoriento pueblo de Mamcomb en el estado de Alabama, donde Scout y su hermano Jem (Phillip Alford) intentan conocer al personaje mítico de Boo Radley (Robert Duvall), un vecino con problemas de retardo que sus padres prefieren cuidar en casa antes que mandarlo a una clínica para enfermos mentales. En este pueblo conviven enfrentados en su pobreza y sin apenas tocarse, la dominante comunidad blanca y el menospreciado colectivo negro. El padre de Scout, Atticus Finch (Gregory Peck) es un abogado viudo, sobrio e idealista que trata de educar a sus hijos en la tolerancia. Un hombre bueno y comprensivo en un lugar donde entre el polvo de las calles y detrás de las fachadas de las casas de estilo colonial se esconden los miedos y miserias de esta gente común hundida en la desesperanza.

.

.

Esta película, como bien ha señalado María Donapetry (En defensa de la subjetividad del cine), no es sobre el sistema judicial del sur de los Estados Unidos, a pesar de que el juicio ocupa gran parte de la trama, sino de un sistema moral cargado de prejuicios. Las virtudes que se exaltan no son las del abogado listo, ingenioso y conocedor del sistema legal, sino las de la nueva generación que, a través del abogado Atticus, aprende a internalizar otra moral. Atticus es designado defensor de oficio en un juicio en el que un joven negro, Tom Robinson (Brock Peters), es acusado falsamente de violar a una mujer blanca, Mayella Ewell (Collin Wilcox), pobre e ignorante. Atticus acepta el reto a pesar de la oposición de la comunidad a la que pertenece y de la adversidad de tener que convencer a un jurado compuesto únicamente por ciudadanos blancos.

Atticus denuncia durante el juicio la presunción de culpabilidad de su defendido sólo por el hecho de ser negro, rechaza la indigna suposición de que todos los negros mienten, de que en el fondo todos los negros son unos inmorales. Este hecho se pone en evidencia si tenemos en cuenta que tanto la fiscalía como la defensa tienen el mismo catálogo de pruebas: la palabra de los acusadores blancos contra el dicho del supuesto violador negro. Lógicamente los dos testimonios no tienen el mismo valor. La versión de Mayella es que Tom la atacó, sujetándola del cuello y golpeándola con el brazo izquierdo. Por su parte el acusado sostiene una posición diametralmente distinta, que mientras él hacía en casa de Mayella algunas labores domesticas fue ella quien se echó sobre él besándole y abrazándole. Las heridas que Mayella lastra en el juicio fueron ocasionadas en realidad por su propio padre. El alegato final de Atticus ante el jurado es a decir de Agustín Compadre, un análisis psicológico exquisitamente estructurado acerca de las motivaciones racistas que propiciaron la falsa denuncia.(5): “Siento compasión por ella, víctima de una cruel pobreza e ignorancia, para tratar de ocultar su propia culpabilidad, porque fue el hecho de sentirse culpable lo que la impulsó a esta acusación: ella era blanca y había incitado a un negro”. Atticus desnuda la realidad. Lo imperdonable era que una mujer blanca deseara a un hombre negro, lo cual constituía una situación inaceptable para los ojos de la comunidad. En realidad, era Mayella y no Tom la verdadera transgresora de las normas de convivencia imperantes entre negros y blancos.(6)

Pero el pacífico Atticus da un paso más y golpea nuevamente, esta vez, al sistema judicial americano y a la idea de que el jurado es el mejor sistema para administrar justicia: “En este país los tribunales tienen que ser de una gran equidad, y para ellos todos los individuos han nacido iguales. No soy un iluso que crea firmemente en la integridad de nuestros tribunales y en el sistema de jurado, no me parece lo ideal, pero es una realidad a la que no hay más remedio que sujetarse”. Una sociedad prejuiciada, repetirá el mismo patrón ideológico en la conformación de sus jurados, como el propio Atticus sentenciará en una parte de la cinta: “El sitio donde un hombre debería recibir un trato justo es precisamente en una sala de juicios, pero las personas siempre se las arreglan para llevar consigo sus resentimientos al recinto del jurado”.

Como no podía ser de otro modo, Tom es declarado culpable. Sin embargo, en el transcurso de su frustrada tentativa de fuga muere por las balas de sus celadores, adelantándose al destino que ya se le tenía preparado.


(1) ASIMOV, Michael. When Lawyers Were Heroes. En: University of San Francisco Law Review. 1996. Volumen 30, Número 4. Pág. 1135.

(2) Harper Lee era hija de un abogado y estudió Derecho en Alabama. Matar a un ruiseñor es una novela en gran parte autobiográfica, construida desde los recuerdos de infancia de la autora en Monroeville en 1932 en plena depresión. En este contexto social es que se desarrolla la novela, única que escribiría la autora, con la que obtuvo el premio Pulitzer. Vid. ROMERO DE ANDRÉS, Carmelo. Jauría humana: Cine y Psicología. AA. VV. URRA, Javier (Coord.). Barcelona: Gedisa. 2004. Pág. 152.

(3) MÜLLER, Jürgen. Cine de los 60. Madrid: Taschen. 2003.

(4) FERNANDEZ VALENTÍ, Tomás. Matar un ruiseñor. En: Dirigido por… No 328, noviembre de 2003. Pág. 94. Apud. SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid: La Ley. 1994. Pág. 61.

(5) COMPADRE DIEZ, Agustín. Op. Cit. Pág. 152.

(6) NAVARRO, Antonio José. Justicia y racismo. A propósito de El sargento negro y Matar a un ruiseñor. En: Nosferatu, Revista de Cine. No 32, 1989. San Sebastián. Pág. 14.

Ficha: Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962), USA, 129 minutos, Universal, Director: Robert Mulligan, Guión: Horton Foote, Música: Elmer Bernstein, Fotografía: Russell Harlan (B&W), Reparto: Gregory Peck, Mary Badham, Brock Peters, Phillip Alford, John Megna, Frank Overton, Rosemary Murphy y Robert Duvall. Productores: Alan J. Pakula & Robert Mulligan.


5 comentarios

Archivado bajo Derecho Penal, Derechos Fundamentales, Estados Unidos, Jurisprudencia, No discriminación, Proceso Judicial, Sistema de jurado, Violación