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Radiografía de un jurado

Doce hombres en pugna (Twelve Angry Men, 1957) (1)  de Sidney Lumet (2) es una cinta atípica donde salvo unas pocas escenas todo el rodaje transcurre casi teatralmente en una habitación. La película además de una crítica a la institución del jurado, es un análisis de su importancia y de la responsabilidad social de sus miembros. También, es una reflexión sobre la sociedad democrática en sí misma a partir del microcosmos que constituye ese grupo de doce hombres diferentes y enfrentados (3), tal como nos lo advirtió el borrachín Parnell (Arthur O´Connell) en Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959) de Otto Preminger.(4)

La trama se desarrolla a partir de la deliberación de doce anónimos miembros de un jurado (no sabremos el nombre de once de ellos) en un juicio contra un joven inmigrante puertorriqueño de 18 años acusado de matar a su padre a navajazos. Las evidencias parecen tan contundentes que luego de una muy breve deliberación once de los doce jurados encuentran culpable al supuesto parricida. Una serie de hechos y pruebas le incriminan: nos encontramos ante un jóven violento con un largo historial de enfrentamientos con su progenitor al que continuamente amenazaba con matarle, una testigo que asegura haber visto desde el edificio de enfrente como el muchacho asestaba el golpe mortal en el pecho paterno, la declaración de un vecino que afirma haber visto salir corriendo de la escena del crimen al sospechoso y el arma encontrada en lugar del crimen es idéntica a la que poseía el acusado, que para su desgracia ha extraviado.

Sólo uno de los miembros del jurado, un arquitecto caracterizado por Henry Fonda duda respecto de la culpabilidad del muchacho. Un tecnicismo del sistema, la necesidad de que el veredicto se alcance por unanimidad, obliga a los demás miembros del jurado a escucharle. Es el reflejo de la sabiduría de la minoría.

Estamos ante un estereotipo del cine jurídico norteamericano, un hombre sólo contra el sistema, como Rudy Baylor en Legítima Defensa (John Grisham’s The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola, Jan Schlichtmann en Acción Civil (A Civil Action, 1998) de Steven Zaillian o Francis Galvin en Veredicto Final (The Verdict, 1982) de Sidney Lumet. En este caso nuestro héroe además es anónimo, tendremos que esperar hasta el final de la película para conocer su nombre: Davis. Es el premio a su tenacidad y responsabiliad. La cinta nos dirá cómo el individuo, no importa quien sea o su estatus, es una pieza básica del sistema democrático y su concurso es fundamental para que éste funcione correctamente.

No extrañan en este contexto las palabras que dirige el Juez a los miembros del jurado al finalizar el juicio oral: ahora deberán reflexionar para separar lo real de lo falso. Un hombre ha muerto y la vida de otro está en juego. Sin embargo, no todos los miembros del jurado tomarán debida nota del sentido de estas palabras y permanecerán distraídos a pesar de la responsabilidad que tienen entre manos, algunos se dedicarán a jugar “tres en raya” como si fueran niños, otro intenta apurar el proceso deliberativo pues no quiere perderse un partido de béisbol y un tercero expresa su malestar cerrar su garage para asistir al juicio. Frente a ellos aparece el jurado encarnado por Henry Fonda que asume con responsabilidad el hecho de tener que juzgar a un hombre por un delito que puede llevarlo a la muerte. No siempre los retos son asumidos por los hombres con idéntico grado de compromiso.

MOYSE BROMLEY

Henry Fonda se encarga brillantemente de desarmar una a una todas las pruebas que incriminan al muchacho. Empezara por cuestionar al sistema de defensa de oficio. – Es el tipo de caso que no da ni dinero ni gloria ni la posibilidad de ganar, no es la situación ideal para un abogado que empieza, hay que tener fe en el cliente para tener una buena defensa y él no la tenía. Dirá Fonda respecto de la labor poco convincente del abogado defensor. Cuando todos los miembros del jurado están convencidos de la singularidad del arma con la que se cometió el asesinato, Fonda demuestra su vulgaridad al blandir un arma idéntica que ha comprado en una tienda de barrio. Relativiza las amenazas que sostienen la acusación, cuando otro jurado (Lee J. Cobb) le amenaza de muerte luego de una acalorada discusión. Cuestiona la idoneidad de los testigos del fiscal. Fue imposible que el vecino del piso de abajo (anciano y tullido) pudiera ver el rostro del homicida. La testigo que vio al muchacho asesinar a su padre desde la acera de enfrente usa lentes y por tanto era imposible que en medio de la noche y a través de un tren metropolitano en movimiento, identificara al asesino.

La cinta nos presenta dos bandos formados de una parte por aquellos a los que ha convencido Fonda de la duda razonable y en el otro quienes sostienen la culpabilidad del acusado. La línea parece casi inexpugnable a pesar de que las evidencias se van desmoronando rápidamente. Al final, Fonda ya no apela a la razón. El irreducible grupo se encuentra atado a sus propios prejuicios y frustraciones. – Ya saben como miente esa gentuza; es algo innato ¡Pero bien! ¿Es que tengo que recordárselo? Ésta es la única verdad. Aún hay más: ni siquiera necesitan una razón de peso para matar a alguien. Son borrachos. Todos ellos beben como unos cosacos (…) Son así por naturaleza (…) No tienen remedio, ni uno sólo merece la pena. Dirá el jurado caracterizado por Ed Begley.

Uno a uno, Fonda logrará convencer a los indecisos hasta obtener una votación absolutoria a favor del acusado. Al final, el sedimento de la cinta es profundamente cuestionador del sistema legal en varios sentidos. Qué habría pasado si en lugar de Fonda al infeliz acusado le hubiera tocado otro jurado -uno sólo- con un menor grado de responsabilidad y voluntad. Por otro lado, la responsabilidad con la que actuó Fonda a lo largo de la deliberación tampoco lo exime de la posibilidad de cometer un error. Alguien le recordará al final de la cinta: – Supongamos que nos convence de que es inocente y resulta que si mató a su padre


(1) Existe un remake de esta cinta para la televisión en 1997 de William Friedkin. El jurado de esta versión estuvo formado por George C. Scott, James Gandolfini, Tony Danza, William Petersen, Ossie Davis, Hume Cronyn, Courtney B. Vance, Armin Mueller-Stahl, Mykelti Williamson, Dorian Harewood y Jack Lemmon. A diferencia de la versión original,  el juez es una mujer y cuatro de los miembros del jurado son negros.

(2) Esta sería la primera película dirigida por Sidney Lumet y probablemente sea la mejor. El cine legal es casi un tópico en la obra de Lumet entre las cintas del género dirigidas por Lumet podemos destacar: El Veredicto (The Verdict, 1982), El abogado del diablo (Guilty as Syn, 1993), La noche cae sobre Manhattan (Night Falls on Manhattan, 1997) y Declaradme culpable (Find Me Guilty, 2006)

(3) En este microcosmos abunda la clase obrera y escasea la burgesa acomodada. El jurado está compuesto por un asistente de entrenador del equipo de fútbol americano en un colegio secundario, un jefe de mensajería, un agente de bolsa, un mecánico, un pintor (de brocha gorda), un vendedor, un arquitecto, un jubilado, un propietario de un garaje, un relojero y un publicista. Vid. Twelve Angry Men: Primary Sources. Un jurado reflejo de la época donde los inmigrantes miembros del jurado son centroeuropeos, no aparece ninguna mujer y tampoco algún latino o negro.

(4) SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid. La Ley. 1994. Pág. 61.

 

Ficha: Doce hombres en pugna (12 Angry Men, 1957), USA, 95 minutos, Metro-Goldwyn-Mayer, Director: Sidney Lumet, Guión: Reginald Rose, Música: Kenyon Hopkins, Fotografía (Boris Kaufman), Reparto: Henry Fonda, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Warden, Ed Begley, Martin Balsam, John Fiedler,Robert Webber.

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La instrumentalización de la justicia: Senderos de Gloria

Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957) de Stanley Kubrik es una denuncia al militarismo, la instrumentalización del patriotismo y los excesos que se cometen en tiempo de guerra.(1) La cinta relata un hecho real ocurrido durante la Primera Guerra Mundial: la lucha por el fuerte Douaumont durante la Batalla de Verdún. Como consecuencia de un ataque fallido el general francés Deletoile hizo fusilar a cinco hombres de Regimiento 63 acusados de cobardía como castigo ejemplar para sus tropas. Casi dos décadas después de este hecho, otro tribunal francés absolvió a dos de los soldados ejecutados y otorgó a las viudas una compensación simbólica de un franco. Con esta historia el escritor canadiense Humphrey Cobb escribió una novela corta a la que tituló Paths of Glory inspirandose en un poema de Thomas Gray (1716-1771)(2). Esta novela pasó casi desapercibida y estaría ya olvidada si no fuera porque en 1955 su viuda vendió sus derechos a Stanley Kubrik.

Dentro de la violencia que caracteriza la filmografía de Kubrik – Dr. Strangelove (How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) y Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987)-, no es de extrañar que la Primera Guerra Mundial haya sido abordada en una de sus primeras películas. Pocos acontecimientos fueron tan terribles para el género humano como la confrontación que sacudió Europa entre 1914 y 1918 con una secuela de muerte y destrucción sin precedentes hasta ese momento. La exacerbación del patriotismo y de los sentimientos nacionalistas, como factores ideológicos, sirvieron de cobertura para la primera gran matanza del siglo XX.(3) Como en todas las guerras, hay muchas cosas prescindibles, pero la más prescindible de todas es la vida de los soldados. La Primera Guerra Mundial es tal vez el ejemplo más claro no sólo del carácter accesorio de los combatientes, sino incluso de la inutilidad de sus muertes en función de objetivos estratégicos, donde un tímido avance de apenas unos metros se saldaba con miles de muertos (4).

Durante la cinta nunca veremos al ejército alemán, su presencia se mantiene latente e intimidante al otro lado de la trinchera, el drama se desarrolla unicamente en el campo francés. Kubrik elimina la posibilidad de presentar una imagen dualista como una justificación para el sacrificio inútil de los soldados. El ambicioso general Mireau (George Macready) ordena la captura de la Colina de las Hormigas que se encuentra en manos alemanas sólo por intereses políticos, y lo hará sin importarle que el ataque, en el mejor de los casos significará la perdida de las dos terceras partes de las tropas que participarán en el asalto. El intento de captura termina en un fracaso en toda línea. El general Mireau humillado por el fracaso, considera que no se ha logrado el objetivo por el escaso valor de su ejército en combate y como medida correctiva para disciplinar a su ejército por su falta de heroísmo dispone que cada comandante elija a un soldado de cada compañía para ser juzgado por insubordinación, mecanismo de disciplina militar de origen romano, el diezmo de las tropas (decimatio) aunque era extraño en el ejército francés de la época.

La cinta revelará las diferencias entre la justicia civil y el código militar, discrepancias que han sido expuestas por Hollywood posteriormente en las películas, Cuestión de honor (A Few Good Men, 1992) de Rob Reiner y En defensa del honor (Hart´s War, 2002) de Gregory Hoblit, ambas sin el nivel de denuncia de la entrega de Kubrik. La parodia de la justicia mostrada por el Consejo de Guerra, no diferiría mucho de cualquier juicio militar en tiempo de guerra, si tenemos en cuenta que en tiempo de paz los tribunales militares tampoco se caracterizan por el respeto al debido proceso y la búsqueda de la verdad, el caso Dreyfus es un buen ejemplo de ello. La defensa de los soldados encausados ante el Consejo de Guerra estará a cargo del coronel Dax (Kirk Douglas), brillante abogado criminalista en la vida civil. Sin embargo, en el Consejo no se le permite desplegar todas sus capacidades profesionales, las que se ponen en evidencia cuando enfrenta a sus superiores. El Consejo le recordará al defensor que su actuación está limitada, pues puede exponer el caso teniendo en cuenta que una cosa es la amplitud de miras y otra la insubordinación. Se prescinde de todo el ropaje que asegura la limpieza del juicio y la imposición de la verdad: testigos, actas, informes y documentos. Aun cuando se evidencia la debilidad de los argumentos de la acusación esta prevalecerá porque están en juego conceptos como la lealtad, el honor y la disciplina en combate, por ello no interesa que el general Mireau ordenara durante la batalla que su artillería bombardeara a sus propios hombres. Los límites del proceso están dados y la verdad no podrá implicar a los superiores, ello en todo caso será materia de otra investigación.

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En este contexto el Consejo de Guerra y la ejecución de los tres soldados con fines ejemplarizantes constituye una muestra de violencia impuesta por una disciplina y por el mantenimiento de una cohesión cuyo objetivo es conseguir la anulación del propio espíritu de supervivencia de los soldados. Como apuntó Durkheim en alguna oportunidad, el heroísmo es una variante del suicidio y sólo cuando se llega a situaciones de enajenación colectiva como las que se le dan en el campo de batalla puede un grupo humano, y no una individualidad, responder a semejante patrón de comportamiento autodestructivo. De esta forma la justicia militar es un mecanismo más para contrarrestar la tendencia natural de los soldados a no convertirse en héroes, pues esta actitud es tan contraria a la propia supervivencia como la posible inmolación derivada del acto heroico.(5)


(1) WEINRICHTER, Antonio. Senderos de Gloria. En: Nosferatu, Revista de cine. No 32. 1989. San Sebastián. Pp. 78.

(2) The boat of heraldry, the pomp of pow´r, and all that beauty, all that wealth e´er gave,/ Awaits alike th´inevitable hour. The paths of glory lead but to the grave. // El alarde de la heráldica, la pompa del poder y todo el esplendor, toda la abundancia que da,/ Espera igual que lo hace la hora inevitable. Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba.

(3) FORNER MUÑOZ, Salvador. La Primera Guerra Mundial según la visión de Stanley Kubrik en Senderos de gloria. En: Historia y cine. AA.VV. José UROZ (Ed.). Alicante: Publicaciones de la Universidad de Alicante, 1999. Pág. 29.

(4) Como ejemplo de esta carnicería podemos citar la Batalla del Marne donde se contabilizaron 263,000 muertos, la Batalla de Verdún con 262,000; la Batalla de Somme con más de 310,000; y, la Batalla de los Dardanelos con 131,000.

(5) FORNER MUÑOZ, Salvador. Op. Cit. Pág. 20-21.

Ficha: Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957), USA, 86 minutos, MGM, Director: Stanley Kubrick, Guión: Stanley Kubrick, Calder Willingham, Jim Thompson (Novela: Humphrey Cobb), Música: Gerald Fried, Fotografía: Georg Krause (B&W), Reparto: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George MacReady, Wayne Morris, Richard Anderson, Joseph Turkel, Timothy Carey, Peter Capell, Susanne Christian, Bert Freed, Emile Meyer.

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