Los límites de la justicia

Acción Civil (A Civil Action, 1998 ) de Steven Zaillian y producida por Robert Redford es la adaptación de un caso real recogido del libro del mismo nombre de Jonathan Harr. Jan Schlichtmann (John Travolta) es un joven -relativamente – y exitoso abogado de la ciudad de Boston especialista en juicios de daños, casos simples con importantes indemnizaciones. Su pequeño estudio, del tipo que ahora se denomina boutique – dedicado exclusivamente a lidiar casos de daños extracontractuales-, le reporta fama y fortuna a pesar que una  parte del gremio lo menosprecia y lo tiene por chupasangre (blood-sucking) y caza ambulancias (ambulance chaser). Todo va bien, hasta que tiene la mala suerte de tropezar, con un típico caso de contaminación de aguas y tiene el peor tino – para el desarrollo de su carrera – de aceptar la defensa. Dos curtiembres, subsidiarias de las corporaciones W.R. Grace & Co. y Beatrice Foods, en la jurisdicción del pequeño pueblo de Woburn en el estado de Massachussets, son sospechosas de contaminar el agua de los pozos de la localidad con vertidos de tricloroetileno (TCE), se cree que este toxico es el causante de la leucemia que ocasionó la muerte de cinco niños en el pueblo (1).

Zaillian pone el énfasis en los detalles, nos muestra lo costoso, tedioso y agotador que pueden llegar a ser los procesos civiles en los Estados Unidos. Son tantas las actuaciones y las declaraciones que terminan desgastando al más fiero, sólo quienes tienen la paciencia y el dinero suficiente resisten hasta el final. Bajo esta línea, la idea misma de la justicia está en entredicho (2). 

Desde hace un tiempo el cine americano nos presenta de tanto en vez la historia de un proceso donde nuestro abogado o heroína en horas bajas, se enfrenta contra una gran corporación en una causa justa. El resultado es típico de Hollywood. Así tenemos a Frank Galvin en Veredicto final (The Verdict, 1982)  de Sydney Lumet, quien en medio de su alcoholismo e incompetencia , logra defender con solvencia -y mucha suerte- un caso de negligencia médica. También encontramos a Jedediah Ward en Acción Judicial (Class Action, 1991) de Michael Apted el cual vence en juicio a una firma automotriz que mantuvo en el mercado un automóvil con un diseño poco seguro para los conductores por decir lo menos -explotaba en determinadas circunstancias-. En Causa Justa (Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola, vemos como un abogado joven e inexperto supera todos los trucos que pone en su camino la parte contraria – más preparada y con importantes recursos – hasta alcanzar una indemnización fabulosa y con ello la quiebra de la compañía de seguros demandada. No podemos olvidar a Erin Brockovich en la cinta del mismo nombre (Erin Brockovich, 2000) de Steven Soderbergh, que gana un arbitraje a una firma de gas al encontrar que el tiróxido de cromo utilizado como anticorrosivo en unas torres de enfriamiento al filtrarse había contaminado las aguas subterráneas que utilizaban los vecinos a sus instalaciones.

A diferencia de estas cintas, todas ellas bajo el modelo de heroe en horas bajas que logra vencer a Goliat, tenemos en esta ocasión a un abogado en horas altas que no es capaz de medir sus fuerzas y termina como un pordiosero. Schlichtmann tiene que lidiar con un caso de dificil probanza, con dos importantes firmas de abogados – Foley, Hoag & Eliot con William Cheeseman (Bruce Norris) a la cebeza y Hale & Dorr representados por el viejo Jerome Facher (Robert Duvall)- y dos transnacionales con espaldas muy anchas. Schlichtmann sabe lo que estos contrincantes representan, la eterna lucha de David contra Goliat: “cuando eres un bufete pequeño y ellos uno grande empapado en historia y riqueza, como siempre es, con sus alfombras persas en el piso y sus diplomas de Harvard en las paredes es fácil sentirse intimidado. No lo permitan. Eso es lo que quieren, lo que esperan, como los pendencieros, así es como ganan”. Esta declaración esconde una evidencia que se presenta a cada instante, Schlichtmann es incapaz de medir su capacidad. Aprenderá la lección tarde. Pero no es sólo con jactancias que Facher logra ganar el caso. Este abogado, viejo zorro con más de 35 años de experiencia judicial, es el personaje más interesante de la película, profesor de Harvard Law School, fanático del equipo de béisbol de la ciudad (los Reds Socks) y dueño de un agudo sentido del humor, pondrá a Schlichtmann constantemente en aprietos hasta alcanzar que su representada quede indemne de las acusaciones que se le imputan.

Para Facher la idea de un “tribunal criminal es crimen y castigo, la idea de un tribunal civil y del derecho de daños personales, aunque a nadie le guste decirlo es el dinero, dinero por sufrimiento, dinero por muerte“. Schlichtmann lo sabe y lo explicita nada más empezar la cinta: “un demandante muerto raramente vale como uno vivo, severamente tullido. Pero si es un muerto agonizante no un ahogo rápido o un accidente el valor puede aumentar considerablemente. Un adulto muerto de 20 a 30 años vale menos que uno de 40 a 50. Una mujer muerto vale menos que un hombre muerto. Un adulto soltero menos que uno casado. Negro menos que blanco. Pobre menos que rico. La victima perfecta es un profesional blanco de 40 años en el apogeo de su carrera derribado en su plenitud. ¿Y la más imperfecta?. En el cálculo del derecho de daños personales un niño muerto es la víctima que menos vale“.

En el juicio oral se evidencian todos los errores que comete Schlichtmann, unas veces por confesión de parte y otras por los consejos de Facher a sus alumnos sobre lo que debe hacer un abogado en juicio, imágenes que se van sobreponiendo con las del proceso, en una de las partes mejor logradas de la película. “El abogado de un demandante no debe involucrarse nunca con el dolor de su cliente si lo hace, le causa un perjuicio tan grande que debería quitarle la licencia de abogado, le enturbia el criterio, y eso es tan útil para su cliente como un médico que se espanta al ver la sangre” – nos advertirá Schlichtmann. Sin embargo, se ira transformando hasta solidarizarse de tal forma con las victimas que al final poco queda del abogado materialista que conocimos al principio. “También el demandante debe tener claro cuál es la verdadera finalidad de una demanda, pues las posibilidades de sobrevivir en una ruleta rusa son mejores que la de ganar un caso en juicio. Dos veces mejor. ¿Por qué los hacen entonces? No los hacen. Llegan a un acuerdo. De los 780,000 casos que se presentan cada año sólo 12,000 o sea el 1,5 por ciento, llegan a un veredicto. Los juicios son una corrupción del proceso y sólo los tontos con algo por probar acaban enredados en uno. Ahora cuando digo probar no me refiero al caso me refiero a ellos mismos”. Pero, Schlichtmann dándose la espalda él mismo, sigue adelante, a pesar de las continuas oportunidades que se le presentan para llegar a un acuerdo satisfactorio.

La quijotesca empresa que inicia Schlichtmann termina cuando acepta presionado por sus socios y en medio del desastre financiero, la propuesta de acuerdo que le propone Al Eustis (Roman Polanski) propietario de una de las empresas demandadas, una suma que apenas sirve para sufragar los gastos del proceso pero que no evita la bancarrota de su pequeño bufete. Atizado por su orgullo y sin nada que ganar seguirá realizando algunas averiguaciones hasta facilitar toda la información del caso a la Agencia Nacional del Medio Ambiente que logrará que se impongan sanciones con montos más severos que las pactadas en la primera indemnización.


(1) El tricloroetileno (TCE) utilizado para impermeabilizar el cuero, es también un potente depresivo del sistema nervioso central que puede producir síntomas neurológicos serios, pudiendo dañar el hígado, provocar mutaciones celulares y cáncer, aunque según un documento de la División de Toxicología de la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades los Estados Unidos estos no existen estudios concluyentes para afirmarlo.

(1) ASIMOV, Michael. In Toxic Tort Litigation, Truth Lies at the Bottom of a Bottomless Pit.

 

Ficha: Acción Civil (A Civil Action, 1998), USA, 115 minutos, Paramount Pictures, Touchstone Pictures y Wildwood Enterprises, Director: Steven Zaillian, Guión: Jonathan Harr (novelista) y Steven Zaillian (guionista), Música: Danny Elfman, Fotografía: Conrad L. Hall, Reparto: John Travolta, Robert Duvall, William H. Macy, John Lithgow, Stephen Fry, James Gandolfini, Dan Hedaya, Kathleen Quinlan, Sydney Pollack, Kathy Bates. Productor: Scott Rudin, Robert Redford y Rachel Pfeffer.

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Archivado bajo Derecho Civil, Proceso Judicial, Responsabilidad Civil, Sistema de jurado

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