Archivo mensual: octubre 2008

Una ópera prima, Anatomía de un asesinato

Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959) de Otto Preminger, es una excelente película de cine legal basada en la novela homónima de Robert Traver(1). La película fue nominada a siete estatuillas de la Academia pero no ganó ninguna porque tuvo la mala suerte de coincidir con Ben Hur (Ibid, 1959) de William Wyler que arrasó con los premios. Como se ha señalado “esta película es una especie de tormenta cuadriculada, una tortuosa e incluso tumultuosa historia narrada, a media voz y a través de unas formas y tiempos sometidos a la apasionante racionalidad de un narrador empeñado en dar orden al caos”.(2) El director austriaco, abogado e hijo de un magistrado, filmó Anatomía de un asesinato entre las cintas Porgy y Bess (Porgy and Bess, 1959) y Éxodo (Exodus, 1960) es decir, en la cumbre de su etapa analítica. Preminger bombardea incansablemente al espectador con todos los datos que el guión le permite para que sea éste quien elabore sus propias conclusiones teniendo a mano solo una colección de indicios y medias verdades.(3)

Una serie de elementos de la cinta nos remiten al cine negro clásico, desde la elección del color –filmada en blanco y negro-, la banda sonora, la presencia de una mujer fatal, un protagonista con una fuerte personalidad y un ambiente enrarecido que ronda pesadamente durante casi toda la película.(4) Mención aparte merece la excelente banda sonora, a cargo del genial Duke Ellington, que tiene una breve aparición en la cinta como un músico apodado como Pie eye. Sin duda, nos encontramos ante uno de los estandartes mayores del género, calificada incluso como la más pura película de juicios que jamás se ha realizado(5), o también, como uno de los mejores ejemplos del funcionamiento de los procedimientos ordinarios de los tribunales.(6)

Anatomía de un asesinato, como corresponde tratándose de un clásico del género, se desarrolla a partir de un crimen que nunca se nos expone. Paul Biegler (un magnífico James Stewart) es un abogado provinciano en horas bajas que se había desempeñado como fiscal del condado de Iron City en Michigan. Dedica la mayor parte de su tiempo a pescar, a escuchar jazz y a leer viejos libros de Derecho. Eventualmente, cuando no se encuentra perdido en el bosque pescando, patrocina algunos casos de divorcio para poder solventar los menudos gastos de su austera vida. – Resuelvo algunos casos abstractos, como divorciar a Jane Fulano de John Fulano de vez en cuando. Amenazo a algunos abusivos y por la noche me relajo bebo whisky y leo sobre leyes, nos confiesa en una parte de la cinta. En este trance, patrocina el caso de un teniente del ejército, excombatiente de la Guerra de Corea, Frederick Manion (Ben Gazzara), acusado de haber dado muerte a tiros al presunto violador de su disoluta y atractiva esposa, Laura (Lee Remick). Bigler contará con la ayuda de su viejo amigo, el borrachín Parnell McCarthy (Arthur O´Connell) y de su secretaria Maida Rutledge (Eve Arden).

El carácter y no la posible culpabilidad de su eventual patrocinado llevan a Bigler a dudar respecto de aceptar la defensa. Parnell le llamará la atención aleccionándole, – no tienes que amarlo, sólo defenderlo. Superada esta incertidumbre inicial, la cinta se convierte en una clase práctica de destreza legal. Durante casi dos horas se nos expone el proceso que se sigue contra el teniente Manion con suma rigurosidad, en particular nos detalla de forma exquisita las posiciones de la defensa y de la fiscalía, al tiempo que explicita con puntualidad las estrategias no sólo dialécticas del juego procesal.

Este es una contienda de caballeros. Las partes enfrentadas buscan la verdad sin sobrepasar los límites éticos que las reglas del proceso les imponen, lejos de las prácticas de los letrados que encontramos en cintas posteriores, basta para ello citar los casos de Martin Vail (Richard Gere) en La raíz del miedo (Primal Fear, 1996) de Gregory Hoblit, Ed Concannon (James Mason) en Veredicto final (The Verdict, 1982) de de Sydney Lumet o Leo F. Drummond (Jon Voight) en Legítima Defensa (The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola. Las reglas son una barrera infranqueable, se pueden bordear pero nunca saltar. Este respeto por la regla obliga a las partes a hilar fino en el desarrollo de sus estrategias, paradójicamente, aún cuando se trate de un proceso judicial y el apego a la regla no es siempre excepcional, algo que el espectador agradece, pues gracias a ello puede aferrarse a una trama sin sobresaltos tramposos y quiebres innecesarios. Debido a todos estos aspectos tenemos una cinta con una gran dosis de verosimilitud sin que se pierda interés en el desenlace final. Si hablamos de verosimilitud, es necesario detenernos por un momento en el papel del bondadoso y recto juez Weaver, encarnado por Joseph M. Welch, quien en la vida real fue un conocido magistrado liberal perseguido por el macartismo y que ganó fama representando a la Armada de los Estados Unidos cuando esta institución empezó a ser investigada por el senador de Wisconsin a inicios de los 50.(7)

El hecho de que las partes se atengan a la regla, no significa que los letrados no desarrollen una batería de comentarios irónicos y sarcásticos para desacreditar a su oponente. Este intercambio de ideas se convertirá casi en pelea callejera cuando la fiscalía y la defensa se enfrentan casi a escupitajos en medio del Tribunal como si de colegiales se tratara. Es allí donde aparece la figura del Juez, al que el guión le reserva no sólo el papel de valedor del juicio, sino también algunas de las frases más inteligentes y finamente irónicas de la cinta. El guión recoge algunas lecciones prácticas respecto de la labor de los letrados en un proceso, como por ejemplo no hacer al testigo una pregunta cuya respuesta no se conoce. Lección que no tenía bien aprendida el fiscal Claude Dancer (George C. Scott) al presionar a la señorita Pilant (Kathryn Grant) para que ésta señale cuál era su relación con la víctima. Instrucción que no es fácil de internalizar, recordemos que Jan Schlichtmann (John Travolta) en Acción Civil (A Civil Action, 1998) de Steven Zaillian y Francis Galvin (Francis Galvin) en Veredicto Final cometerán el mismo error. Otra lección es cuando las partes obligan al jurado a oír algunos argumentos que carecen de la suficiente consistencia o se sustentan medidamente en pruebas inadmisibles, como hará habitualmente el fiscal en Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957) de Billy Wilder. Aún cuando el Juez invoque al Jurado para que no tome en cuenta tales comentarios y evidencias, es claro que el daño para el oponente ya está hecho. – ¿Cómo puede el jurado no tener en cuenta lo que ha oído? Le pregunta el teniente Manion a Biegler. – No puede, le responderá.

El principal inconveniente para la cusa que Biegler defiende es que aparentemente carece de la percha legal de la cual colgar los argumentos de su defensa. De esta forma lo expondrá Biegler: – Un asesinato se defiende de cuatro formas. Número uno, no fue asesinato, fue suicidio o accidente. Número dos, usted no le asesinó. Número tres, estaba justificado, lo hizo para proteger su hogar o fue en defensa propia. Número cuatro, matarlo puede excusarle. Sin embargo, Biegler conducirá a su defendido por el camino más conveniente, cuando le escucha decir que debió estar loco cuando cometió el crimen. – Recuerde que tan loco se volvió. Le animará Biegler. Es la percha legal que andaba buscando y se aferrará a ella aunque se trate de un clavo ardiendo. Durante el proceso, el psiquiatra del ejército, que sometió a una revisión al acusado, declara que el teniente Manion sufrió una reacción disociativa, un impulso irresistible o irrefrenable, que a modo de demencia temporal o enajenación mental transitoria le llevó a la comisión del asesinato. Es decir, que actuó como un cartero, que tiene que enviar una comunicación y lo hace. Esta reacción es independiente de que el acusado pudiera tener presente, incluso en el propio momento del crimen, de su reprobable actuación.

Preminger en aras de la relatividad que ha defendido durante toda la cinta, elimina dos instantes cruciales en todo drama legal, los informes orales de la defensa y de la fiscalía y la sentencia. Solo nos deja con una reflexión de Parnell respecto de la complejidad de la labor del jurado y de su grado de falibilidad. – Doce personas en una habitación. Con diferentes mentalidades, diferentes corazones y doce procedencias diferentes. Doce pares de ojos y oídos, doce personas distintas. Y a estas doce personas se les pide que juzguen a otro ser humano, tan diferente a ellas como ellas lo son entre sí. Y al emitir su criterio deben volverse una sola mente, unánime. Uno de los milagros de nuestra desorganizada humanidad es que lo consigan, y que la mayoría de las veces lo hagan bien. ¡Dios Bendiga a los jurados! Biegler gana el caso, pero cuando va a cobrar por su trabajo, se da con la sorpresa que el teniente Manion ha escapado de la ciudad, no sin antes dejar una nota que viene a sembrar aún más dudas respecto de su inocencia: – Querido señor Biegler, siento mucho haberme ido repentínamente. Fui presa de un impulso irresistible


(1) Robert Traver (1903-1991) era el seudónimo del juez de la Corte Suprema del Estado de Michigan, John D. Voelker. En 1959, el éxito de su novela Anatomía de un asesinato, hizo que abandonara la magistratura y se dedicara a la escritura y a la pesca. Además de varias novelas intrascendentes sobre temas legales también publicó tres libros sobre pesca que se han convertido en clásicos para los seguidores de la actividad.

(2) FERNÁNDEZ-SANTOS, Ángel. Una obra maestra de Preminger. En: El País. Edición del 20 de enero de 1982.

(3) SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid. La Ley. 1994. Pp. 39-40.

(4) CAVESTANY, Juan. El género negro reaparece 50 años después. En: El País. Edición del 16 de marzo de 1998; CABRERA INFANTE, Guillermo. Cine o sardina. Suma de Letras. Madrid: 2001. Pp. 472-479 y SANTAMARINA, Antonio. Cine negro. Tres décadas, dos juicios y un sueño. En: Nosferatu, Revista de Cine. No 32. 1989. San Sebastián. Pp. 4-9.

(6) TORREIRO, Casimiro. Anatomía de un asesinato. En un mundo que agoniza. En: Nosferatu, Revista de Cine. No 32. 1989. San Sebastián. Pág. 35.

(7) ASIMOV, Michael. Op. Cit. y TORREIRO, Casimiro. Op. Cit. Pág. 36.

 

Ficha: Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959), USA, 160 minutos, Columbia Pictures, Director: Otto Preminger, Guión: Wendell Mayes (guionista) y Robert Traver (novelista), Música: Duke Ellington, Fotografía: Sam Leavitt, Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, Arthur O’Connell, George C. Scott, Eve Arden, Kathryn Grant, Joseph N. Welch.

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Veredicto final

Veredicto final (The Verdict, 1982) de Sydney Lumet, está basada en la novela del mismo nombre de Barry Reed (1) y responde al esquema tradicional del héroe en horas bajas, que lucha contra el malo que está en connivencia con el poder pero al final llega el Rey Ricardo e impone justicia.(2) A pesar de ello nos encontramos ante una buena película  de la cual se pueden extraer una serie de apuntes interesantes. Veredicto final pertenece casi a un subgénero del cine legal donde los poderosos se aprovechan de las hendiduras del sistema legal para defender sus ingresos y expoliar a sus víctimas, ejemplo de ello son las cintas, Legítima defensa (The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola, El Informante (The Insider, 1999) de Michael Mann, Erin Brockovich (ibid, 2000) de Steven Soderbergh y Tribunal en fuga (The Runaway Jury, 2003) de Gary Fleder.

Estamos ante la historia de Francis Galvin (Paul Newman, 1925-2008), un abogado que en la etapa más oscura de su carrera patrocina a una muchacha a la que una negligencia médica al aplicarle la anestesia durante el parto la deja en estado vegetativo. Galvin asesora a los familiares de la víctima en la demanda contra los médicos que participaron en la operación y el Hospital Santa Catalina, este último perteneciente al arzobispado de Boston. Ambas instituciones con un gran prestigio dentro de la comunidad. El obispo de Boston, Monseñor Brophy (Ed Binns), intenta alcanzar un acuerdo para evitar el juicio y su secuela mediática, la cual podría ensuciar el prestigio del hospital. En este contexto, hace una aceptable propuesta económica que los familiares hubieran aceptado de buen grado, sin embargo, Galvin rechaza la oferta de la autoridad eclesiástica: ¿Y nadie sabrá la verdad? Que esa pobre chica puso su confianza en manos de dos hombres que le quitaron la vida. La familia de la víctima y su amigo y colaborador, el abogado retirado Mickey Morrisey (Jack Warden) consideran satisfactoria la oferta e inaceptable que fuera rechazada, pero Galvin cree lo contrario: (…) ahora quieren comprarme, para que mire hacia otro lado. Morrisey le replicará: de eso se trata carajo, déjate comprar, dejemos que compren el caso, por eso lo acepté. Incluso el juez Hoyle (Milo O´Shea) que ve la causa le aconsejará: yo mismo la aceptaría y correría como un ladrón. Galvin le contestará con ironía: Estoy seguro de ello.

Francis Galvin es la patética imagen de un abogado enterrado en la depresión y en el alcohol, que de brillante y respetado miembro de uno de los bufetes más importantes de la ciudad ha pasado a patrocinar sólo un puñado de casos (cuatro) en los últimos tres años, con un resultado nada alentador: Todos los ha perdido. Este abogado pasa las horas jugando al pin-ball – que Lumet convierte hábilmente en un catalizador de sus estados de ánimo – y bebiendo fiado en un bar. Con la reputación destruida vive a la caza de clientes en hospitales y tanatorios. Como se dirá en la película: un abogaducho. Galvin ve el caso que tiene entre manos como una apuesta personal y una oportunidad para salir del pozo en el que se ha metido. No habrán otros casos, éste es el caso. Se dirá. Es la oportunidad de la redención frente al destino en el que se encuentra por aquella falta deontológica que hizo que de denunciante se convirtiera en acusado.

El arzobispado confía la defensa del Hospital Santa Catalina a uno de los más importantes bufetes de abogados de la ciudad de Boston: Concannon, Barker & White, liderados por Ed Concannon (James Mason) un viejo abogado que no duda en usar todo tipo de tretas para ganar el caso, incluso algunas reñidas con la ética, como la compra de testigos o espiar al adversario. Como en Legítima defensa (The Rainmaker, 1997) de Francis Ford Coppola, el guión se apoya en la figura del hombre solo luchando contra el sistema defendido por un importante Estudio. En una parte de la cinta se contraponen dos escenas que dan cuenta de esta disparidad. El equipo de Concannon formado por catorce personas prepara la defensa cuidando hasta el último detalle en un ostentoso ambiente, por otro lado Galvin y Morrisey – imagen tributaria de la cinta Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959)  – trabajan en la biblioteca pública de los tribunales teniendo como únicas herramientas su capacidad y su memoria.

Más allá del cuestionamiento que hace la cinta del sistema judicial, sobre todo de las estrechas relaciones entre un abogado influyente y un juez indiferente, la película reivindica la labor del jurado como centro no corrompido de la administración de justicia, lejos que los cuestionamientos que el propio Lumet hiciera en Doce hombres en pugna (12 Angry Men, 1957) o las que aparecen en Matar a un ruiseñor (To Kill a Mocking Bird, 1962) de Robert Mulligan. El tribunal es aquella institución que se mantiene limpia de la corrupción y mendacidad en la que caen regularmente los demás operadores del Derecho. Es en definitiva en quien deben confiar los débiles para defender sus derechos. Para eso existen los tribunales, no para que se haga justicia, existen para darles la oportunidad de que se haga justicia. Comentará Galvin. La pureza de un tribunal está en su origen, todos ellos toda su vida creen que es una farsa, que está arreglado, no pueden luchar contra el sistema, pero cuando se suben en el estrado del jurado apenas lo ves en sus ojos. A esa conciencia de hombres simples apelará Galvin en su informe final: ustedes son la ley, no es un código, ni los abogados, ni es una estatua de mármol, ni las ceremonias de una corte. Eso son símbolos, nuestro deseo es ser justos (…). Si vamos a tener fe en la justicia tan sólo hemos de creer en nosotros mismos; yo creo que hay justicia en nuestros corazones.

Galvin tiene prácticamente perdido el caso. Su testigo más importante, el doctor Gruber (Lewis Stadlen) desaparece misteriosamente unos días antes del juicio y tiene que reemplazarlo por un curandero a decir de su socio. Sin embargo, un testigo sorpresa le llevará a la victoria. Galvin logra ubicar a la enfermera que redactó la hoja de admisión de la paciente, Kaitlin Costello (Lindsay Crouse), haciendo que ésta ratifique en el juicio que consignó claramente en la ficha que la paciente había ingerido alimentos sólo una hora antes de ingresar al hospital. Esta declaración explica el vómito durante el parto y que la paciente se ahogara con él con su propia mascarilla de oxigeno. El anestesista encargado de la operación, el Dr. Towler (Wesley Addy), habría pedido a Costello que cambiara el formulario, una hora en lugar de nueve. Sin esta declaración no existía posibilidad real de que Galvin ganara el caso. Aun cuando por un tecnicismo esta declaración no es tomada en cuenta por el jurado, el Tribunal falla a favor de los demandantes e incluso va más cuando le pregunta al juez Hoyle si se encuentran atados al monto indemnizatorio solicitado en la demanda: no están constreñidos por nada aparte de su buen juicio. Será la respuesta del togado. Como nos señala Francisco Fernández, la justicia está llena de fugas que sólo la ética puede drenar.(3)


(1) Abogado de la ciudad de Boston, escribió algunas novelas con una temática legal, entre las cuales podemos destacar además de The Verdict: The Choice, The Indictment y The Deception.

(2) PUMARES, Carlos. Veredicto final. En: Nosferatu, Revista de cine. No 32. 1989. Pág. 68.

(3) SOTO, Francisco y Francisco FERNÁNDEZ. Imágenes y justicia, El Derecho a través del cine. Madrid: La Ley. 1994. Pág. 391.

 

Ficha: Veredicto Final (The Verdict, 1981), USA, 129 minutos, Twentieth Century-Fox Film Corporation, Director: Sidney Lumet, Guión: Barry Reed (novelista) y David Mamet (guinonista), Música: Johnny Mandel, Fotografía: Andrzej Bartkowiak, Reparto: Paul Newman, Charlotte Rampling, Jack Warden, James Mason, Milo O´Sea, Lindsay Crouse, Ed Binns, Julie Bovasso, Roxanne Hart y James Handy. Productor: Burtt Harris.

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